miércoles, 23 de noviembre de 2016

El Rey de las Ilusiones, Episodio VII: Convergencia de traidores

(Enlace a Wattpad: Episodio VII)

Ha sido demasiado fácil, pensaba Himdel de Zawisza mientras se acercaba al cuerpo sin vida que se sacudía con espamos sobre la roca encharcada de sangre. El virote había entrado cortando la tráquea y había salido llevándose por delante la columna vertebral, matándolo al instante. Adam Rasby yacía boca abajo, caído en una postura ridícula que al monarca llegó incluso a causarle lástima. Estaba decepcionado, se esperaba un adversario mucho más desafiante que el que acababa de desnucar de un solo tiro. Le dio la vuelta al cadáver, encontrándose con los ojos empañados de un hombre muerto. Eran de un marrón avellanado... pero no debían serlo. Frunció el ceño. Él recordaba unos ojos azules y pálidos, de aspecto frío. Esos ojos... de pronto, se volvieron azules. Un segundo después, marrones otra vez. Y luego, un trozo de la cara se volvió de piel morena y tostada por el sol. Unos mechones de pelo castaño y liso pasaron a ser negros y rizados. Himdel apretó los dientes, sabiendo lo que pasaba justo antes de verlo con sus propios ojos: como una capa de cera que se derritiera, las rasgos de Adam Rasby fueron disolviéndose y desapareciendo del cuerpo que los lucía. Hasta que sólo quedó el cadáver de un hombre de mediana edad y rasgos madenos, vestido con nada más que unos harapos sucios y rasgados. Al cuello llevaba un amuleto mágico que el rey conocía muy bien.
- ¿Quién demonios es este tipo? - Balbuceó incrédulo, retrocediendo unos pasos.
Hasta que dejó de retroceder. Su espalda frenó en la punta de un enorme cuchillo de caza cuya punta brotó por debajo del esternón, derramando una cascada de sangre caliente, oscura y espesa que corrió abajo por su vientre tembloroso. Himdel soltó la ballesta, cayó de rodillas y gimió sin lograr articular palabra, derramando hilos rojos por la boca y la nariz. El cuchillo salió de su cuerpo con la misma violencia, dejando una larga salpicadura tras su espalda arqueada. Mientras la vida se iba apagando en sus ojos, pudo ver cómo se plantaba ante él un hombre blanco, de cabellos castaños y ojos azules fríos como el metal. Adam Rasby cogió el amuleto que colgaba del cuello del hombre muerto y se lo guardó en la chilaba con gesto indiferente. Luego se volvió hacia el rey moribundo:
- ¿Que quién es? Es muchas cosas. Ladrón, asesino, violador... Y, hasta hace poco, uno de los prisioneros de estas mazmorras. Le pedí hacer esto a cambio de liberarlo y, por lo que se ve, siguió mis instrucciones a la perfección. Ya veis, Majestad, que aprendo muy rápido de lo que escucho.
Himdel apretó los dientes, sintiendo que un frío condenatorio se extendía por sus órganos internos a medida que se vaciaban de sangre sobre el suelo de roca. Adam volvió la mirada a la cueva secreta que acababa de abrir su desafortunado doble, chasqueando la lengua con decepción:
- Lo que hay ahí dentro no debería caer en manos de hombres como vos, Majestad. No sé cómo lo habéis sabido ni hasta qué punto está implicado en todo esto ese mago de pacotilla, pero por lo pronto sospecho cuál fue la razón por la que tuvo que irse de este palacio en su día. Azayel le ofreció al padre del Rey Hielam este artefacto, ¿verdad? Y Hielam, haciendo bien, se negó a utilizar semejante arma de destrucción masiva. Expulsó al mastari y este se limitó a buscar a otro rey interesado que le permitiera acceder de nuevo a este lugar. Lo planeó junto con vos. El bueno de Hielam no debe de saber nada, su padre no se lo reveló a nadie. Así que ahora estáis donde queríais. Decidme, Majestad: ¿Tanto confiáis en que ese mago comparta con vos el poder de la Novena Tormenta? - El agonizante rey aún se estremeció al oír el nombre del artefacto - Si lo consigue, no os necesitará para nada. Aunque dudo que sepa cómo utilizarlo, dado que ni siquiera supo abrir él mismo esta cripta. No... claro que no. Él se aseguró de que yo estuviera aquí para abrirla. Por eso logré escapar aquella noche, la primera vez que lo intenté. Los jinetes del rey pisándome los talones... una flecha en las ancas de mi caballo... No habría tenido nada que hacer de no ser por la tormenta de arena que salió de la nada y me ocultó de mis perseguidores. Y, por muy rápido que corra, sé que no pude recorrer en unas horas una distancia que a nosotros nos ha tomado días. Sé que, para alguien no acostumbrado al teletransporte, es habitual perder el sentido y olvidar las horas previas. Ese mago vuestro me sacó de allí y me dejó tirado justo en vuestra ruta, de modo que me encontraseis al poco tiempo.
Himdel no tuvo ocasión de contestar. Su corazón se paró cuando ya no le quedó nada más que bombear. El cadáver del rey de Salén yació en un charco de sangre tan grande como el que había derramado el falso Adam. Por lo visto, la sangre de los monarcas no era azul en la práctica. Adam respiró hondo antes de decidirse a entrar en la cripta, pensando que al haber utilizado el amuleto había puesto en riesgo el ritual. Pero de todos modos la función de aquel presidiario ahora muerto había sido la de cebo y seguro de vida. De haber salido algo mal, ya se habría encargado él mismo de abrir la cueva después de eliminar toda amenaza. Se preguntó dónde estaría el mago en aquel momento y lo que dedujo fue que probablemente estuviera pisándole los talones. Quizá esperándolo a la salida del túnel, cargando una llamarada o una bola de rayos. El proceso de desmantelar la Novena Tormenta iba a ser largo, de modo que no se permitió más retrasos. Excepto uno. Uno que cambió irreversiblemente el destino de los Reinos del Sur: miró otra vez el cadáver. De repente era calvo, imberbe y con una enorme cicatriz diagonal por toda la cara. Y llevaba un amuleto mágico al cuello.
- Joder... - Balbuceó, casi sin habla - Jack Serpes.
Las piezas encajaron como las fauces de un cocodrilo sobre la carne: fuerte y desgarradoramente. Aquella estrategia no la habían pactado Azayel y Himdel, sino Azayel y Serpes. El hombre que en aquellos momentos iba a ser colgado por el cuello en la plaza central de la Alta Cammota era el auténtico rey de Salén. Ahora todo cuadraba, todo. El líder de los asesinos había sido el cómplice del mago todo el tiempo. Aquella noche, en Vergi Garda... ¿Cómo no lo había deducido primero? El mago había sabido que Serpes estaba en la tienda del rey. Él mismo se lo había dicho telepáticamente, para que acudiera a paralizar a Himdel y dar el cambiazo con los amuletos. Igual que le había avisado de que Adam corría por el desierto con los guardias reales encima, para que pudiera teletransportarse allí y salvarlo. Contaban con llegar antes de que intentase entrar aquí, pensó Adam, y encontrarme en la ciudad. Pero en lugar de eso tuvieron que rescatarme mientras huía. Si tan sólo hubiera logrado abrir esto la primera vez... Qué cojones, ni así. Los guardias no bajan aquí si nadie les avisa. Esos putos Sombríos se aseguraron de que me descubrieran. Si todo hubiera salido bien... este cabronazo sería el nuevo rey de Salén y nadie sabría nada. Pero... ¿Cómo? En cuanto ahorquen al rey, el amuleto dejará de funcionar y se revelará el engaño.
A no ser...
A no ser que Azayel esté presenciando la ejecución ahora mismo y use su magia para mantener el efecto del amuleto. Así... podría hacer pasar el cadáver por el de Serpes hasta que lo quemen. Y, mientras, Serpes estaría aquí, robando la Novena Tormenta. Pero... Mierda. Ahora Serpes está muerto. Si el auténtico Himdel muere ahorcado aquí y la verdad sale a la luz, será la guerra con Madena. Y la guerra con Melida ya está en marcha desde el incidente en el Cañón de la Víbora. Habrá una maldita guerra a tres bandos en este desierto como no rescate a ese rey ahora mismo. O podría... Podría suplantarlo yo... Y luego deshacerme de ese mago insufrible...
Tengo que decidirme ya.
...
Ninguna otra ejecución había tenido tanto público en la historia de Madena. No se veía el suelo de la plaza del palacio, no se veía más que un apretado y espeso mar de espectadores que se congregaban en torno a un patíbulo recién levantado en el centro. Las voces hacían retumbar toda la alta ciudad, absolutamente todos sus residentes se congregaban allí para ver cómo el protagonista de mil leyendas para no dormir era empujado a palos hasta la soga que habría de cerrarle los ojos para siempre. Nobles, burgueses, criados, soldados, guardias reales, taberneros, mozos de cuadra, extranjeros que se preguntaban quién narices era aquel desgraciado... Como una sola marea humana, se daban de codazos para verlo de más cerca, para echar un vistazo a aquel mítico asesino fantasmal con la cara cortada. Y, predeciblemente, retrocedían turbados y algo defraudados al comprobar que a su mito viviente se le caía la baba y los ojos le hacían chiribitas como dos canicas locas. Circularon, como corrientes marinas en un océano de caras expectantes, incontables rumores sobre el estado de debilidad mental del ajusticiado. Unos supusieron que el inquisidor se había entusiasmado demasiado con las torturas y lo había dejado idiota. Otros, más escépticos, que el rey les estaba dando gato por liebre y aquel sólo era un retrasado cualquiera al que querían hacer pasar por el infame Sombrío. Por supuesto, ninguno imaginaba quién era el hombre que veía acercarse la muerte desde debajo de una cara que no era la suya. Sin poder gritar. Sin poder hablar. Sin poder desenmascarar al traidor que lo anulaba desde uno de los balcones del palacio, sentado junto a un trono vacío. Un trono que le pertenecía a él.
Vamos, Majestad, sólo será un momento, pensaba Azayel, aguardando con una impaciencia creciente mientras echaba nerviosas miradas al asiento sin rey que había a su lado. ¿Dónde demonios estás, gilipollas? Ese muerto de hambre no puede haber podido contigo... Sí, sé que es un... uno de ellos. Pero no puede haberte vencido, joder, no puede haber matado a Jack Serpes. Si pudiera usar la telepatía un sólo segundo y ver si estás ahí... pero si la uso, no podré seguir anulando el cerebro de este idiota. No hasta que esté colgando del cuello y no pueda hablar. Entonces sí... Entonces podré usar mi magia para hablar contigo. Sólo, claro hasta que el otro imbécil se muera y tenga que centrarme en mantener el hechizo del amuleto. Joder, sólo espero que no se le rompa el cuello nada más colgarlo. Pero todo el mundo se está preguntando dónde estás...
- ¡Mastari! - Le gritó el Rey Hielam, que observaba la ejecución desde el balcón de al lado, convenientemente más elevado y con un trono el doble de grande - ¿Dónde se ha metido vuestro señor?
- Aparecerá de un momento a otro, Majestad - dijo el mago con fingida seguridad, procurando no desconcentrarse -. No os preocupéis, llegará a tiempo para la ejecución.
- ¡Oh, no será un problema! - Rio Hielam, haciendo aspavientos con la mano y dando un trago a una copa dorada - ¡Le esperaremos, qué cojones! ¡No quiero que mi invitado se pierda el espectáculo y queda día de sobra!
Azayel apretó los dientes, maldiciendo todo lo que se le vino a la mente. Se planteó ir él mismo a buscar a Serpes y, de paso, a ese Adam y la Novena Tormenta. Podía seguir usando el hechizo aturdidor a distancia. Si estaba ahí era porque no podía mantener la ilusión del amuleto si perdía contacto visual con el cadáver que lo portara, pero si no iban a ejecutarlo hasta el retorno del rey no tenía sentido esperar allí. Ya iba a ponerse en pie cuando Jericho apareció a su lado, respirando tranquilo y secándose el sudor de la frente:
- Su Majestad ya viene - informó, quedándose de pie junto al trono -.
El alivio del mastari duró exactamente un segundo, el que tardó Jericho en coger aliento antes de hablar de nuevo:
- No sé por qué, pero no quiere venir al balcón - dijo encogiéndose de hombros -. Ha ido directo a la plaza.
En ese momento comprendió que todo iba a fallar, pero aguantó la compostura hasta el último segundo. Como quien se queda de pie en un barco a punto de hundirse, sintiendo las tablas desencajarse bajo el embate de las aguas. Miró al patíbulo, donde Jack Serpes aguardaba de pie, con la soga al cuello y los pies sobre la trampilla que el verdugo esperaba a abrir con un empujón a la palanca. Miró al balcón superior, donde Hielam observaba la plaza con el ceño fruncido, preguntándose algo en voz baja y cruzando miradas confusas con sus sirvientes. Por último, miró a la plaza: el océano de observadores se abría en un pasillo de rostros incrédulos y gargantas que enmudecían como llamas bajo la lluvia. Y por ese pasillo caminaba el Rey Himdel de Zawisza, dando largas zancadas y buscando con la mirada en todas direcciones. Buscándole a él. Así que lo tenías tú, hijo de puta. El amuleto que perdí. Mierda... Pensé que te vendría bien para infiltrarte en la cripta, así que no te lo quité... y ahora lo has usado en mi contra. Te odio, Adam Rasby. Quiero decir, Adam...
- ¡Majestad, ¿qué estáis haciendo?! - Gritó el Rey Hielam desde su palco, señalándole el que había reservado para él - ¡Vuestro sitio está aquí!
Toda la plaza guardó silencio, todos contuvieron el aliento hasta que sólo se oían sus respiraciones tensas en el bochorno de la tarde. De modo que pudieron oír perfectamente lo que el rey gritó al alcanzar el patíbulo:
- ¡Lo que hago es evitar que me matéis! - Anunció a la vez que subía a la plataforma y sorteaba con agilidad al verdugo, que de todos modos no se atrevió a cortarle el paso.
Nadie entendió lo que decía. Un segundo después, pocos lo hicieron. Y pasaría bastante antes de que todos lo entendieran, si eso pasaba algún día. Himdel de Zawisza agarró a Jack Serpes de la cabeza y se la sacó con cuidado de la soga, dejándolo sentado sobre la madera. Alargó la mano hacia su cuello y dio un tirón, como arrancando un colgante invisible. Sólo que ese colgante se hizo visible de inmediato en su mano. Igual que se hizo visible la verdadera cara del hombre que acababa de rescatar de la horca: Himdel de Zawisza. Por un momento reinó un estupor y una incomprensión absoluta. Dos reyes idénticos sobre el patíbulo, uno sentado y balbuceando con mirada de idiota y otro de pie, sacando pecho y volviéndose hacia el palacio con aire retador. Clavando la mirada en el mago que lo miraba desde su trono. Pálido como la cera y cargando ya la magia en sus manos.
- ¡¡ESE MAGO ES UN TRAIDOR!! - Rugió tan fuerte como pudo, de modo que la onda de su voz fue helando la sangre de los presentes a su paso.
Acto seguido, otro colgante mágico tintineó sobre el entarimado. Donde antes había un rey, hubo un extranjero de piel pálida, pelo castaño y ojos azules como carámbanos. Y, donde antes había un mago, de pronto no hubo más que un orbe de luz parpadeante que se extinguía poco a poco.
Cada segundo contaba desde ahora.

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