"Hal-Nabuyah, considerado uno de los lugares más áridos del mundo. Este desierto se extiende entre los reinos de Salén, Melida y Madena, actuando como frontera natural entre ellos. No hay mucho que decir acerca de él, excepto que se trata del más ingobernable páramo de los Reinos del Sur y un punto de encuentro para forajidos, bandidos y cazatesoros que asaltan las antiguas ruinas del Imperio de Sucrai. Innumerables rumores corren sobre sus catacumbas, construidas por civilizaciones muy anteriores al antiguo imperio, en su mayor parte esquilmadas y saqueadas hasta la última moneda. Quien pretenda adentrarse en este erial hostil y abrasador debe tener una cosa clara: la soledad más absoluta es el mejor regalo que sus dunas ofrecen. La compañía que uno pudiera encontrar aquí, las personas que se pudiera encontrar, más valdría recibirlas con una flecha en el corazón y un hachazo en la nuca."
"Enciclopedia Geográfica Mundial, Tomo XIV: Desiertos y semidesiertos"
La expresión "hacer un sol de justicia" se le antojó a Saled una absoluta gilipollez. Si había algo justo en aquel sol, que vinieran los dioses y lo vieran, porque todo lo que él relacionaba con el sol era la insufrible tortura diaria que se iniciaba con el amanecer dorado sobre las dunas y terminaba con el atardecer, completamente idéntico, pero al lado contrario de aquel páramo infinito. Aquel calor espeso y penetrante, que calaba como un cuchillo de fuego a través del turbante, no podía ser un "sol de justicia". Porque, pensó Saled, por muchas cosas malas que uno haga en esta vida, no es justo que el astro rey lo putee de esta forma. Y Saled no era el único que lo pensaba, a juzgar por los resoplidos y jadeos de agotamiento que se repetían por todo el convoy, acompañados por el siempre presente sonido de los tapones siendo arrancados de las cantimploras, cada vez más vacías y codiciadas.
Tragó saliva con la garganta seca, retrasando el momento de dar un nuevo trago. Quedaba mucho para el siguiente oasis. El carro rodaba con dificultad por la arena, las ruedas eran anchas y marcadas con relieves para darles agarre, pero seguía sin ser un terreno para vehículos. Ya habían tenido que rodear varias dunas por ser incapaces de subirlas y el viaje se retrasaba irremediablemente. Y, sin previo aviso, la rueda delantera izquierda volvió a trabarse, se encasquetó en la arena y giró inútilmente sin desplazarse un centímetro, haciendo que los caballos relincharan por el parón y Saled maldijera por lo bajo. Se detuvo y se bajó al polvoriento suelo mientras los demás proseguían lentamente. Había algo bajo la arena, la rueda se había atascado en una especie de... tela. Sí, eso era, como una manta enterrada, una sábana. Un jinete se detuvo a su lado, montado en un vigoroso caballo blanco, armado con coraza ligera y lanza. Había muchos como él en el convoy.
- ¿Pasa algo? - Preguntó en tono hastiado - ¿Por qué te has parado, Saled?
- Se ha atascado en no sé que mierda – gruñó Saled, agarrando la tela y tirando de ella -.
La manta saltó por los aires, la arena sobre ella reventó en una densa polvareda cuando algo se la sacudió de encima violentamente. Saled retrocedió y cayó de culo, ahogando un chillido al ver la sábana salir despedida y caer como un trapo. El jinete blasfemó y se llevó la mano a la lanza, apuntando nervioso al polvo que se disipaba. Los carros y jinetes más cercanos lo advirtieron, se giraron hacia allí con ojos entrecerrados y mandíbulas tensas. El desierto era peligroso. A nadie le gustaba encontrarse con otra persona en Hal-Nabuyah. Menos aún cuando esa persona se levantaba de la arena, conteniendo la tos y mirándolos con ojos enrojecidos por el polvo, con la expresión de un lobo acorralado, con los dientes apretados y el sudor corriéndole por las sienes. Con una ballesta enorme en las manos, con la que recorría a todos los presentes de un lado a otro en cuestión de segundos, listo para dispararle al primero que se moviera. Y como nadie quería un virote en la frente, nadie se movió por unos largos segundos, mientras aquel extraño hombre enterrado bajo una manta se debatía en silencio. Estaba débil, temblaba, y no parecía menos deshidratado. Seguramente estuviera medio ciego y su pulso traqueteaba más que los carros del convoy. Pero algo en él denotaba que estaba acostumbrado a disparar en esas condiciones.
- Calma – lo relajó Saled en tono conciliador, aunque las manos le temblaban -. No... te haremos daño si bajas el arma. ¿Verdad? - Preguntó a los jinetes armados, aunque ellos no dijeron nada.
Todo el convoy se había parado. Serían cerca de veinte carros, acompañados por más de treinta de aquellos soldados a caballo, divididos entre lanceros y arqueros. De algunos carros se bajaron soldados de mayor rango, con brigantinas rojas, escudos redondos de madera y afilados sables. A su espalda, acercándose con pasos pesados y tintineos metálicos, había dos tipos enormes, de casi dos metros, con armaduras de cuero y placas de acero, uno con una gigantesca pica y otro con una ballesta pesada que se apoyaba en el estómago y que parecía capaz de atravesar un árbol de un disparo. No estaba en condiciones de enfrentarse, un solo virote al aire y todos lo aplastarían como una lata. Pero convenía que se temieran ese virote. Finalmente, uno de los soldados de rojo se acercó despacio, con el escudo medio alzado en un gesto de recelo. Su voz era fuerte y varonil. Y sin miedo.
- ¿Quién eres? - Le preguntó manteniendo las distancias - ¿Qué te ha traído aquí?
- Podría... - la voz del joven sonó como un pedregal desprendiéndose, áspera y pesada – podría... preguntarte lo mismo.
El soldado de élite entrecerró los ojos. Desde más cerca, los ojos borrosos del desconocido distinguieron que llevaba una capa blanca a la espalda. Las hombreras y el escudo tenían adornos dorados y el sable parecía más largo, como una cimitarra. Aquel debía de ser el oficial al mando, se notaba en su rostro, duro y autoritario, férreamente disciplinado. El misterioso joven desenterrado no aparentaba llegar a los treinta y desde luego no era de aquel inhóspito lugar. Todos los integrantes del convoy tenían la piel morena, el pelo negro y rizado, la nariz aguileña, los ojos oscuros. Él, en cambio, era blanco; sus cabellos castaños eran lisos y estaban alborotados y erizados; sus ojos, de un pálido azul metálico; su cara, angulosa y grisácea por una sombra de barba; su piel, acostumbrada a condiciones más apacibles, estaba quemada y desprendiéndose en escamas muertas. Eso sí, vestía la misma ropa, la misma floja y refrescante chilaba, sólo que hecha jirones y con la capucha desgarrada. Por lo demás, no parecía que tuviera muy claro dónde estaba ni qué hacía allí. Pero sí tenía una cosa clara, lo único que pidió antes de que le fallaran los brazos y dejara caer la ballesta cargada, que se disparó contra la arena y enterró el virote hasta las plumas:
- Necesito... agua...
Luego, su cuerpo debió de decidir que era el momento de dejarse en manos de aquellos armados desconocidos. Algo que en Hal-Nabuyah era una decisión reservada para situaciones desesperadas.
...
- No podemos llevarlo, señor - decía una voz distante, que sonaba como a través de seis metros de agua -. No sabemos quién es y...
- ¿Acaso te opones a mi orden, Jericho? - Lo cortó una voz tranquila, varonil, y profundamente aterradora, una voz que no sonaba dispuesta a decirlo por segunda vez - Es mi decisión. Este hombre... me despierta una corazonada. Quiero hablar con él. Hacedlo posible.
- Pero, señor... - La voz se apagó como una cerilla bajo la lluvia; el tal Jericho se había dado cuenta de que toda réplica estaba de más - A vuestras órdenes, señor. ¡Atended al extraño!
...
- Qué... demonios... - Balbuceó con debilidad, apenas consciente - ¿Dónde estoy?
No hubo respuesta. Tardó en entender que sus palabras no habían sonado más altas que el traqueteo de los vehículos ni el abrasador viento arenoso del desierto. Había sido a duras penas audible, y para colmo estaba solo, tendido en la parte de atrás de un carro, entre cajones de madera cargados de provisiones, jarros de agua y de otras bebidas que no eran sólo para matar la sed. Se irguió a la velocidad a la que crecía un roble. Se desmayó cinco segundos después.
...
- Eh, ¿puedes oírme? ¿Hola? - La voz sonaba más cercana esta vez; de hecho ahora sentía una mano gruesa y áspera palmeándole suavemente la cara - Tienes mejor aspecto.
- Eso no era... difícil - balbuceó él, abriendo los ojos como quien levanta una vaca muerta -. ¿A quién debo... el honor? - Preguntó tras incorporarse de nuevo, apoyándose en un saco de cebada - Si es que no debo algo más que el honor.
De pronto cayó en la cuenta de que ese era el hombre de la voz tranquila e imponente que había oído antes, medio inconsciente. El que sin duda estaba al mando de aquella caravana.
- No, de momento no me debes nada - sonrió de forma inquietante -. Pero no se ven muchos extranjeros en estas tierras.
- Si no es mucha molestia, me gustaría saber en qué tierras exactamente - replicó el joven de ojos azules, bebiendo de una cantimplora que le ofreció el otro -. Me he desorientado un poco entre tanta duna.
El hombre sonrió de nuevo, esta vez con más amplitud y con una indefinible simpatía. Se vestía con una chilaba bordada con motivos geométricos, de un azul pálido, y llevaba un pesado anillo de oro en el dedo corazón. Era, al igual que los demás, moreno y de nariz aguileña, pero lucía una cuidada barba con trenzas, el pelo rapado y cubierto por un turbante de seda con joyas engarzadas que sólo podía pertenecer a alguien asquerosamente rico o a un ladrón muy afortunado. Dudó entre esas dos opciones hasta que recordó a los soldados de rojo que lo escoltaban. Esos hombres eran escavangers, los mercenarios más letales que cortaban cabezas en los Reinos del Sur. Su gremio sólo colaboraba con nobles, caballeros y comerciantes de renombre. Eran, por así decirlo, unos matones con clase, cuya profesionalidad era tan famosa como la brutalidad con la que ejecutaban las órdenes. Perros guardianes para la flor y nata de las dunas.
- Al menos sabes que es el desierto de Hal-Nabuyah - él asintió -. Sabrás también que este desierto se encuentra entre tres reinos: Salén, al este, y Melida y Madena, al oeste. Ahora mismo nos encontramos prácticamente en la frontera entre Salén, de donde venimos, y Madena, nuestro destino. Es difícil saber si ya la hemos pasado. Los postes fronterizos se cubren de arena.
- Suele pasar - comentó sarcástico el extranjero, dando otro trago y pasándose la mano por la cara polvorienta -. ¿Puedo preguntar quiénes sois y qué os lleva a Madena?
- Claro, cuando lo digas tú - impuso enseguida su salvador -. ¿Qué hacías debajo de esa manta? ¿Huías de alguien?
El hombre blanco no respondió enseguida. Estaba seleccionando la información que podía revelar, lo que no se le escapó a su interlocutor:
- Ya. Es mejor no hacer muchas preguntas en Hal-Nabuyah - comprendió con seriedad -. Dime lo que creas oportuno, amigo. Pero yo no te diré más de lo que tú me digas a mí.
- Adam - dijo finalmente el joven -. Me llamo Adam Rasby.
- Kunaharan - se presentó finalmente el mandamás del convoy -. ¿Algo más que quieras decir?
- No. Ya sé suficiente de vos, señor Kunaharan - respondió Adam, dignándose por fin a asomarse entre la tela, comprobando que estaba atardeciendo y en breves se detendrían a pasar la noche -. Los escavangers que os acompañan hablan por sí mismos. Me dicen que sois alguien poderoso, muy poderoso. Venido de Salén, con semejante escolta... Lo cierto es que pasáis perfectamente por un mercader influyente. Ese bordado en vuestra chilaba, a la altura del pecho - lo señaló con la mano que sostenía el agua -, es el emblema de la familia de los Da'rich, una de las más influyentes en el comercio de especias y telas exóticas. Kunaharan... no me suena vuestro nombre, pero sé que procede del norte, por lo que seríais... de la rama sanguínea de Doña Elissany. Eso es un linaje importante, desde luego. No se me ocurriría buscar problemas con vos, señor. Aunque parece que vos esperáis encontrarlos. Esta escolta es lo menos cuatro veces más numerosa de la habitual.
- Estás bien enterado - asintió con una tensa sonrisa -. Apuesto a que, entonces, ya sabes la respuesta, ¿no?
- Sí, por supuesto - se sentó con las piernas cruzadas y, sin pedir permiso, empezó a engullir un puñado de dátiles que sacó de una bolsita de arpillera -. Sé que Madena y Melida se encuentran al borde de una guerra, mientras que Salén mantiene su neutralidad. Ambos reinos exigen a Salén que escoga un bando, que forme una alianza con uno de ellos y se enfrente irremediablemente al otro. Desde hace meses, vuestra patria ha guardado silencio. Así que la situación es, cuanto menos, frágil. El desierto podría convertirse en un campo de batalla tan pronto como Salén elija a quién apoyará. Podría ser mañana mismo. Pero no lo será.
- ¿Ah, sí? - Se interesó Kunaharan, bajando la voz y comprobando que el carrero que los transportaba seguía enfrascado cantando una canción tradicional sobre putas y arena.
- No lo será porque esta caravana aún no ha llegado a su destino - soltó con una sombría certeza y un amago de sonrisa que estremecía la sangre -. Porque vos, Don Kunaharan, sois un emisario del rey de Salén. Himdel IV de Zawisza ya ha tomado su decisión, ¿no es así? Decidme, señor: ¿De verdad sois un Da'rich o eso también es mentira?
Kunaharan -si se llamaba así realmente- se puso rígido y no pudo evitar que el labio le temblase y sus ojos se abrieran como bocas de serpiente ante el peligro. Se acercó más a él, asegurándose de que viera asomar la empuñadura de una adornada daga bajo sus ropas, clavándole la mirada con la severidad de un inquisidor:
- ¿Cómo lo has sabido, cabrón arrogante? - Susurró con la voz sofocada.
- Fácil - se encogió Adam de hombros -: un verdadero mercader me habría dejado tirado al ver mis bolsillos vacíos. Sólo un noble ayuda por capricho. Por curiosidad. Por aburrimiento. Vos sois un aristócrata, uno muy cercano al rey. Tan cercano que os sentís todopoderoso, capaz de decidir sobre la vida de un simple hombre sediento y perdido. Como un dios misericordioso.
- Igual que soy capaz de volver a tirarte en la arena. Con un virote en la nuca - amenazó severamente, pero Adam no se amedrentó -.
- Lo sois - sonrió el joven con frialdad -. Es más, deberíais. Es una misión de alto secreto, no debería haber testigos. Pero habéis tenido un presentimiento, una corazonada. De que me necesitaréis más adelante.
Kunaharan tragó saliva, lívido y anonadado. Pero no le llevó la contraria.
Tenía razón.
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