martes, 22 de noviembre de 2016

El Rey de las Ilusiones, Episodio VI: Cartas boca arriba

(Enlace a Wattpad: Episodio VI)

La mañana del regicidio, Valum y Egis, los dos consejeros más cercanos al rey, aquellos que durante más de quince años habían estado a su lado en los más espléndidos eventos y las más oscuras crisis, se despertaron con el corazón en un puño. Había sido un largo servicio, durante el cual habían aprendido que la cabeza de un monarca rara vez piensa por sí sola y que, cuando lo hace, todo lo que consigue es demostrar para qué están los consejeros. Ellos habían intentado disuadirle, por todos los medios habían insistido en que aquella vez no estaba pensando lo suficiente en la elección que hacía. Habían aconsejado paciente y sabiamente, todo lo que habían podido, pero ni siquiera tras su longeva lealtad el monarca se había dignado a escuchar sus argumentos. Todo por culpa de ese maldito mago. Desde la llegada de Azayel al palacio, las cosas habían cambiado mucho. Ahora el Rey Himdel ya sólo tenía oídos para su querido mastari, sólo escuchaba lo que salía de sus labios viperinos. Y el resto de consejeros, como el atajo de lameculos que eran, sólo sonreían y asentían ante las locuras de su gobernante. Aliarse con Melida... ¿Qué demonios se le pasaba por al cabeza? Madena era una opción infinitamente mejor. Más rico, más grande, más fuerte, más influyente y más amigable. Hielam de Cammota debía ser su aliado, era absurdo pensar lo contrario. O lo había sido hasta que el mago de los cojones llegó con la boca llena de insultos y -seguramente falsas- acusaciones hacia su antiguo señor. Que el mago se sintiera despechado, no importaba. Que él no hubiera servido al actual rey, sino a su padre, no importaba. Nada importaba. El mastari tiene razón. El mastari es sabio y sabe de lo que habla, él ha trabajado para Madena. Sigamos su consejo.
Enviaré una carta al rey de Melida, comunicándole que acepto la alianza con él.
De ninguna manera, habían pensado Valum y Egis al unísono. Nuestro aliado será Madena, gilipollas descerebrado. Aunque para eso tengas que dejar de ser tú nuestro rey.
Y eso es lo que iba a suceder esa mañana, en cuanto el rey se despertara y desayunara. En cuanto se bebiera el veneno de escorpión reticulado que un sirviente, siguiendo órdenes de Egis, había vertido en su bebida. Era perfecto. Les había llevado semanas encontrar un veneno tan apropiado como aquel. Habían consultado a médicos, a druidas y a alquimistas hasta dar con una toxina que no pudiera ser detectada ni con los análisis mágicos más exhaustivos, y que para colmo imitaba a la perfección los síntomas de un paro cardíaco. El rey no estaba en edad de sufrir ataques al corazón, pero de todos modos no se harían muchas preguntas. En una situación de inestabilidad política como aquella, primaba mantener la imagen de firmeza y orden en el reino. Y eso se conseguía olvidándose de minucias y poniendo en el trono al heredero antes de que el cuerpo de su predecesor se hubiera enfriado. Sí... Su hijo Rasvan fantaseaba desde hacía tiempo con sentarse en el lugar de su padre, al que había llegado a despreciar bastante en los últimos años y a odiar con todas sus fuerzas al saber que pensaba aliarse con Melida. De modo que el joven príncipe también despertó esa mañana con el corazón en el puño, sabiendo que los minutos de su progenitor estaban contados.
- ¡El rey está sufriendo un ataque! - Gritó histérico uno de los sirvientes, saliendo de sus aposentos con la mandíbula desencajada - ¡Llamad al médico, rápido!
El médico no servirá de nada, pensaba Rasvan, sonriendo mientras lo oía todo desde su cama. Después de todo, esos muermos de Egis y Valum sí que servían para algo. Aunque una cosa tenía clara: iban a durar poco bajo su reinado.
No quería rodearse de los mismos traidores que el botarate de su padre.
...
- ¿Y quién estará en este mismo instante siendo asesinado en vuestro lugar, Himdel? - Preguntó Hielam antes de engullir un pastelito de miel y sésamo.
- Gracias a mi querido mastari, sabré el momento exacto de su muerte - sacó de su bolsillo una canica cristalina que brillaba con un azul tenue -.
Una vitaesfera, pensó Adam, esforzándose por disimular. Conocía esas pequeñas perlas. Sabía que podían percibir la energía vital de una persona desde una distancia ilimitada. Brillaban mientras dicha persona viviese. Se apagaban cuando dejaba de hacerlo. Himdel posó la vitaesfera con más bien poco interés, dejándola rodar por la mesa hasta chocar con la tetera. Se sirvió más té y contestó a la pregunta del rey de Madena:
- El hombre que ahora mismo luce mi cara, mi cuerpo y mi voz en Salén es un viejo conocido. Era uno de mis mejores guardias reales hasta que descubrí que sisaba cosas del palacio para pagar sus deudas de juego y su afición a la bebida. Le di la oportunidad de librarse del patíbulo si a cambio realizaba para mí una misión de alto secreto. Hay que admitir que se le da bien imitarme - sonrió estremecedoramente -. Ese desgraciado lleva semanas dándose la vida de un rey. Supongo que ahora morirá como uno.
- O no - le recordó el rey de Madena -. ¿Estáis seguro de que esa conspiración es real?
- ¿Me habría tomado tantas molestias de no ser así? Mi hijo lleva jugueteando con esa posibilidad mucho tiempo, se lo noto en los ojos. Y ellos... Valum y Egis... si es que no hay alguno más metido. Todos dicen serme fieles, amigo Hielam, pero estaréis de acuerdo en que no se mantiene un reinado largo sin estar alerta. Anunciar mi alianza con Melida ha sido la prueba definitiva. Si estoy en lo cierto...
Sus palabras se vieron interrumpidas cuando la canica azul sobre la mesa empezó a parpadear con una luz intermitente que se iba debilitando a pasos agigantados. Los dos reyes contuvieron el aliento y clavaron la mirada en la vitaesfera, que no tardó más de cinco segundos en apagarse, convertida en una simple canica cristalina y opaca. Adam entendió: el cebo había sido mordido. Y los peces, pescados. Hielam sonrió y asintió, impresionado. Himdel miró la canica con rostro imperturbable, como si la sospecha que le había mantenido los ojos abiertos tantas noches le hubiera arrancado las emociones al confirmarse. Su mirada era una mezcla de alivio y decepción. Pasaron casi un minuto en silencio, comprendiendo que Himdel no se había excedido en absoluto. Excepto para una cosa:
- Hay algo que no entiendo, Majestad - saltó Hielam, frunciendo el ceño -. Por lo que me ha contado mi servicio secreto, sí que llegó una carta a Melida manifestando vuestro propósito de formar una alianza. Y los melideses enviaron a un emisario en dirección a Salén para negociar en persona los términos de dicha unión.
- Sí, y nosotros interceptamos y aniquilamos esa caravana - dijo Himdel, volviendo a la realidad con un brillo pícaro en los ojos -. Ahora, en Melida se respira cierta esperanza y tranquilidad ante la perspectiva de una alianza con mi país. Es el momento justo de que nuestras tropas se unan y los aplasten, amigo Hielam. Antes de que sepan la suerte que corrió su emisario en el Cañón de la Víbora.
Adam había averiguado mucho más de lo que esperaba. Sólo se había colado allí por mera curiosidad, y desde luego sin planes de ser testigo de una de las mayores jugarretas de la historia de los Reinos del Sur. Pero la reunión iba a finalizar de un momento a otro y su verdadero objetivo lo llamaba a las profundidades del Palacio Real de Cammota. Tres pequeñas bolsitas de cuero ocultas bajo su brigantina ilusoria contenían la llave a ese objetivo. Sólo que ahora estaba completamente seguro de que no podía intentarlo como la última vez. Debía dar un pequeño rodeo primero para asegurarse de no acabar otra vez corriendo por las calles de la Alta Cammota y desplomándose en el desierto con los jinetes del rey pisándole los talones.
...
- ¿Qué demonios le pasa? - Preguntó con impaciencia el inquisidor real, que ya calentaba en el fuego las tenazas reglamentarias - ¿No le habéis quitado la parálisis, Mastari?
Azayel Asayat asintió con cara de circunstancia, las gotas de sudor bajándole por su rostro de reptil. Miró durante unos segundos el atolondrado rostro de Jack Serpes, cuyos ojos hacían chiribitas mientras un fino hilo de baba se le iba descolgando de la lánguida boca. El líder de los Sombríos parecía haber perdido un trozo de cerebro, tal y como si acabaran de practicarle una trepanación con resultados desastrosos. Balbuceaba con la mirada perdida, retorciendo sus laxas manos y dejando que la cabeza girase sin rumbo claro sobre el cuello. Estaba totalmente ido. Como un retrasado mental. El inquisidor comprendió con disgusto que ese manojo de delirios no iba a ser capaz de confesar una sola palabra por más uñas que le arrancase. El mago, por su parte, sólo maldijo con cuantas blasfemias conocía. Un daño mental como ese no podía ser por culpa del hechizo de parálisis. Debía haberlo supuesto, se lamentó Azayel, resoplando. Los Sombríos mantienen entre sí una fuerte conexión telepática, casi como si sus mentes fueran una. En el momento en que sus súbditos lo abandonaron, perdió esa conexión con todos ellos al mismo tiempo. Ahora sufre un desgarro psíquico. Su cerebro ya no puede pensar por sí mismo.
- No hay forma de reparar un destrozo como este - anunció finalmente el mastari con voz frustrada -. Lo siento, pero no es culpa mía. Sus propios subordinados le hicieron esto cuando lo capturamos. Quizá para asegurarse de que no podría decirnos nada.
- Me cago en la puta - se lamentó el inquisidor, que ya había puesto las tenazas al rojo -. Pues que le quede claro al rey que yo no lo he dejado así.
- Supongo que a este montón de carne ya sólo le espera la horca - comentó Azayel antes de salir de la mazmorra con los puños apretados -.
...
Adam hubiera agradecido tener ojos de camaleón durante los largos minutos que duró el ritual. Así hubiera podido mantener uno vuelto hacia atrás, cubriéndose la espalda en aquel oscuro túnel rocoso que discurría bajo los más profundos sótanos del palacio, y el otro hacia el suelo, donde sus tensas manos trazaban con sumo cuidado el glifo ritual, dejando caer las sales que portaba en tres saquitos de cuero. Primero, un triángulo equilátero con la primera de las sales, que tenía un color rojizo y olía levemente a óxido. Fue trazándolo a su alrededor, quedándose él en el centro, tal y como le habían indicado. Seguidamente, abrió el segundo saquito y extrajo unas sales verdes con un agradable aroma a flores. Las esparció formando el círculo más perfecto que pudo, de modo que el triángulo quedara inscrito dentro de este. Para terminar, el tercer saco, del que extrajo una sal fina de color amarillo y olor a azufre. Con esta formó tres radios que brotaban del centro del círculo y acababan en las puntas del triángulo. Procurando no pisar las sales, empezó a recitar en susurros las palabras que aparecían escritas a toda prisa en un trozo de pergamino que sacó de su chilaba. Tenía que darse prisa. Había tenido que dejar el amuleto a la entrada del túnel, sabiendo que cualquier fuente de magia podía interferir en la activación del glifo. Sin la ilusión mágica que lo hacía pasar por un guardia, cualquiera que lo pillara ahí abajo lo reconocería al instante. Y eso ya le había pasado la vez anterior. Ahora conseguiría completar el ritual.
- Udan t'zhar shaheleivadish'oknor - un leve temblor sacudió el suelo, como si hubiera tirado de una trampilla invisible -. Vele'hish ze'secram audash halem'hid - las sales empezaron a brillar, emitiendo pulsos intermitentes de sus respectivos colores -. Auroch'vela simmerth se'clanth daforsis - empezaron a estallar pequeñas chispas que prendieron las sales con llamas blanquecinas -. Senereth ta'harian sec'cubuth rem.
Adam sintió el impulso de saltar fuera del cerco cuando unas intensas llamas blancas recorrieron los trazos de sal, alzándose hasta un metro de altura. Pero no lo hizo, sabía muy bien que eso interrumpiría el ritual. El fuego blanco lo envolvió, lamió su piel, pero en lugar de quemarlo le hizo sentir un intenso cosquilleo. La magia vibró en el aire como un címbalo, intensificándose mientras la cegadora luz de la hoguera salina danzaba por las paredes de roca en un claroscuro cambiante. Contempló con el corazón en vilo como la pared ante él se iba a abriendo con un desliz siseante. La roca se separó cómo un ojo que alzase sus párpados después de un sueño de miles de años, revelando tras su umbral un oscuro túnel del que brotaron susurros fantasmales transportados por un soplo de aire tan frío y espeso como el aliento de la muerte. La abertura terminó de ampliarse al cabo de casi un minuto. Las llamas retrocedieron hasta apagarse, dejando únicamente el glifo brillante que Adam había trazado en el suelo. De pronto pareció que la temperatura hubiera caído en picado. La atmósfera espectral que manaba de la cripta recién desbloqueada evocaba la sensación de verse rodeado por muertos que extendieran hacia él sus brazos esqueléticos. Era la atmósfera de un lugar maligno.
- Ya tienes lo que querías - dijo Adam en voz alta, respirando hondo -.
- En efecto - respondió una voz complacida tras su espalda, haciendo que el extranjero se sobresaltase (cosa muy rara en él) y se volviera con la mano en el mango de un enorme y afilado cuchillo de caza -. Esto es lo que quería.
Adam no respondió. Se había quedado atónito al ver a la persona que lo había seguido hasta allí abajo: el hombre que le apuntaba a la cara con una enorme ballesta era nada menos que Kunaharan. Mejor dicho, Himdel de Zawisza. El rey de Salén.
- ¿Sorprendido, Adam? - Sonrió Himdel, cerrando un ojo para apuntar mejor - Enhorabuena, ya sabes por qué te recogí en el desierto. ¿Creías que un hombre como tú puede pasar siempre desapercibido? No, amigo, no tú. Sé perfectamente quién eres. Y quién no eres. Así que, ¿qué tal si prescindimos de las farsas y usamos tu verdadero apellido? Rasby te resulta muy útil, desde luego. Un apellido típico de un orfanato, mucho más difícil de verificar y rastrear. Me pregunto cuántos nombres falsos más te habrás inventado. Pero, sobre todo, me pregunto cómo has sido tan ingenuo. ¿Elegir bando? ¿Crees que yo habría elegido entre Madena y Melida, cuando podía aprovechar su guerra para beneficiarme de ambos? Me resultaba mucho más ventajoso ser neutral. Y así habría seguido siéndolo de no haber sabido de la existencia de esta cripta y de lo que contiene. Ese seboso de Hielam ni siquiera sabe lo que tiene bajo sus aposentos.
Adam no contestó. Su rostro se había quedado congelado, su cuerpo en tensión. Sabía que el rey estaba esperando una respuesta. Así que no se la dio. Con la ballesta apuntándolo, no tendría otra alternativa para salvarse que pillarlo por sorpresa. Movió los labios, preparándose para hablar. Un cuarto de segundo después, arrojó el cuchillo contra el vientre de Himdel y saltó hacia un lado, apartándose de mira de la ballesta. Otro cuarto de segundo después, el cuchillo impactó contra la ballesta, rebotando con un chasquido metálico. Himdel la había bajado a tiempo para interceptar el cuchillo. No lo había pillado tan desprevenido. Sobre todo, lo que Adam más lamentaría fue no haber tardado un poco más en saltar. Quizá así el rey no se habría dado cuenta hasta haber disparado y fallado. En lugar de eso, no apretó el gatillo.
Y, cuando Adam aterrizó a escasos dos metros de donde estaba, sin cobertura posible, nada pudo hacer para evitar que un virote con punta de acero le entrara por la garganta.

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