Saled tritaba de frío, tratando de calentarse las manos con su aliento blanco y revolviéndose bajo el montón de pieles que inútilmente pretendía reemplazar el calor de una hoguera. El patrón no les había dejado encender fuegos y todos los carruajes permanecían en la entrada, formando la barricada, de modo que ahora todos se hacinaban junto a la pared rocosa del farallón, resguardándose en cada oquedad como podían. Los caballos podrían haber dado calor, pero los escavangers se los habían llevado todos al interior del cañón, disponiéndose para atacar desde las brechas secundarias. Así que ahora sólo podían aguardar, encogidos y helados, bajo aquel infinito cielo purpúreo moteado de estrellas. El carrero apretó los dientes, impidiendo que castañeteasen. Frente a él, Adam yacía tumbado y con los ojos cerrados, pero no dormía. Escuchaba.
- ¿Crees en la astrología, Adam?
- Creo que esta noche la Luna llena ocupa el corazón de la Constelación de Revenish, Dios de la Guerra - replicó sin abrir los ojos -. Y ese mago del turbante le habrá dicho a Kunaharan que es un presagio de victoria.
- ¿Lo es? - Preguntó con cierto temor.
- Sí, si crees en la astrología.
- Tú no crees, ¿verdad?
- Creo que, si es un presagio de victoria, también puede serlo para quienquiera que esperemos. Creo que una cosa es cierta cuando lo es para todos.
- ¿Y si todos se equivocaran?
- Entonces... - De pronto abrió los ojos, volviendo la mirada a la izquierda, en dirección a la barricada - Entonces el mundo cambiaría, chico. Espera aquí.
No tuvo que decírselo dos veces. Saled, como el resto de idiotas inocentes que se pegaba a la pared rocosa aquella noche, ya había oído el ruido de los cascos y los gritos que se acercaban por el valle. Y no pensaba moverse. Adam, por el contrario, tenía mucha curiosidad. Se deslizó agazapado por entre las rocas y los matojos, más bien poco preocupado por si los pocos escavangers que habían quedado a ese lado lo descubrían. Conforme se acercaba, ocultándose en las negras sombras que la luna llena proyectaba en la blancura plateada del desierto, pudo distinguir con más claridad los ruidos propios de una escaramuza: los caballos bufaban, relinchaban y piafaban angustiados, desplomándose de vez en cuando con gran estrépito al recibir una flecha en los cuartos traseros. Se oía el ruido de metal contra metal, los alaridos de rabia, los desgarrados gemidos agónicos, los silbidos aéreos de flechas y virotes y el chasquido de las ballestas liberando su mecanismo con mortífera precisión. Al cabo de unos segundos, cuando ya podía distinguir la abierta explanada de arena que se extendía frente a la barricada, el temblor del suelo se hizo patente bajo los cascos de varias decenas de caballos al galope. Adam, procurando mantenerse cubierto tras una roca y asomarse lo justo para ver, se posicionó de forma que podía ver hasta cincuenta metros cañón adentro. Distinguía las paredes escarpadas del desfiladero, por las que empezaba a ascender una polvareda que precedía la estampida. Lo último que precedió su aparición estelar fue una cacofonía de órdenes, gritos de guerra y el típico vocabulario que uno aprendía en campos de batalla:
- ¡Al galope, al galope! ¡No miréis atrás, hostias!
- ¡Perros traidores! ¡Cobardes! ¡Hijos de puta!
- ¡A campo abierto, rápido! ¡Salgamos del alcance de las...! - Adam reconocía el gorgoteo de una garganta atravesada por una flecha - Glugluglú...
- ¡Apiolarlos! ¡Degüellarlos, su puta madre! ¡Cortadles las pelotas!
- ¡Por la patria! ¡Por Melida! ¡Por el rey!
Adam se respigó al oír esa última frase. Así que, de nuevo, no se equivocaba. La imagen del convoy que surgió por la salida del cañón le recordó a algo muy concreto: así intentaban escapar las ratas de las casas en llamas el día en que se había quemado la ciudad de Verdena para poner fin a la plaga de peste. Él había estado en Verdena durante el Martes de Fuego, todavía recordaba los chillidos aterrados de los roedores acorralados entre las llamaradas. Y de los enfermos de peste, a los que nadie se había molestado en sacar del hospital. En aquel momento, las ratas tenían la forma de treinta y pocos jinetes armados que galopaban salvajemente, girándose hacia atrás para disparar sus ballestas y chillando maldiciones irrepetibles. Varios caballos llevaban muertos y moribundos en sus lomos, colgando de los estribos y dejando rastros de sangre sucia de polvo. No le hizo falta esforzar la vista para distinguir los símbolos en sus escudos y en el estandarte que uno de ellos todavía portaba con manos temblorosas, sin pensar en si no sería más útil tirarlo y coger un arma. Aquel era el escudo de la Casa de los Dabbar: un león de plata en campo de azur. Y, si el hombre al mando de ese convoy era un Dabbar, entonces servía al rey Golin de Batut. Es decir, al rey de Melida, el reino que se disputaba con Madena la alianza con Salén. Un emisario melidés que casualmente iba en dirección a Salén. Para ser interceptado por un emisario saleno en dirección a Madena. ¿Qué demonios significaba aquello?
- ¡Una barricada, Señor! - Gritó uno de los criados del Dabbar - ¡Nos han tendido una...! Glugluglú...
- ¡Cabrones! ¡Comemierdas! ¡Follacabras! - Tronaba el caballero de la Casa de los Dabbar, disparando hacia atrás con su ballesta sin acertar a la masa de polvo y siluetas que llegaba por su espalda - ¡Echadla abajo, cojones! ¡Quemad esos carros!
Varios de los jinetes encendieron antorchas, se prepararon para lanzarlas contra los carruajes. Pero la naturaleza no se lo permitió: sin previo aviso, una espesa nube de polvo se alzó entre ellos y los carros, girando como un tornado salido de la nada, levantando arena y reduciendo la visibilidad hasta el cero absoluto. El caballero, los criados y los mozos de cuadra se perdieron como un amasijo de hombres y caballos aterrorizados, frenando bruscamente. Los animales derraparon, resbalaron, se partieron las patas y chocaron entre sí, rompiéndose como una vajilla de porcelana en la rueda de un molino. El griterío fue infernal. Adam arrugó la nariz al oler la sangre y las demás emanaciones que se liberaban bajo un intenso miedo. El convoy melidés logró alcanzar finalmente la barricada, pero con aquella ráfaga de viento no había forma de prender un fuego y ya no había espacio para intentar una carga demoledora. Empujarlos era inútil, así que arremetieron a mazazos contra las cadenas. Igualmente inútil. Hasta que descubrieron que algunos de los carros estaban unidos por cuerdas más débiles.
- ¡Señor, no tenían cadenas para todos! - Celebró un esperanzado paje, cortando las cuerdas entre dos carros, con lo que varios más se sumaron a empujar y fueron abriendo una salida.
Adam chasqueó la lengua, negando con la cabeza. La estrategia no le era desconocida en absoluto, pero pareció ser que a aquel caballero y sus hombres nunca se la habían contado. O bien el pánico les impidió recordarla. Los jinetes abrieron hasta tres fisuras en la barricada y salieron en tropel. El caballero al mando fue el primero. Le concedieron el honor de caer en la trampa antes que nadie:
- ¡No, no me sigáis! ¡Es una tra...aaaaaaaaaah! - El alarido interrumpió su advertencia.
Nadie pudo oírlo igualmente, ni ver lo que le pasó. Porque la masa de arena y polvo se había movido y ahora giraba sobre los carros como un huracán, de forma que las víctimas no sabían qué pasaba más allá de la barrera. Así que ni imaginaron por qué sus perseguidores habían dejado de seguirlos y tan sólo les gritaban y disparaban virotes a ciegas desde el borde de la nube de polvo. Al brotar como hormigas asustadas, se mataron ellos mismos. Unos relinchos de dolor que erizaban el vello resonaron por todo el desierto. Segundos después, Adam distinguió los caballos que caían en la arena, sangrando por las patas y sangrando mucho más por todo el cuerpo después. Al igual que sus jinetes. Una gran mancha oscura se fue formando en la explanada; las víctimas chillaban de horror y se desgarraban la carne al intentar ponerse en pie, a cada movimiento que hacían. Durante unos largos minutos. Y luego sólo hubo silencio. En un abrir y cerrar de ojos, la tormenta de arena amainó y el polvo se depositó sobre los cadáveres ensangrentados, que todavía parecían gritar en silencio, con la cara paralizada en un rictus de dolor. Un par se seguían moviendo. Sólo hasta que una flecha los detuvo.
- Por eso has evitado pisar la arena hasta aquí, ¿verdad? - Dijo una conocida voz de reptil que se materializó detrás de él - No te importaba que te viéramos, sino... caer en eso.
- Mastari - dijo Adam secamente, mirando de reojo al mago, que parecía cansado y pálido tras un gran esfuerzo -. Supongo que esa tormenta de arena ha sido cosa vuestra.
- Supones bien. Y ahora ya sabes lo que pretendíamos. ¿Pero sabes por qué?
Adam negó, pero prefirió privarlo de la satisfacción de preguntárselo. Frente a él, el convoy melidés yacía desperdigado por la arena. Supuso que antes, cuando habían ordenado que nadie se acercara a la entrada, se habían dedicado a esparcir aquellos enormes clavos envenenados por la explanada, asegurándose de dejarlos enterrados a poca profundidad. El viento desencadenado por Azayel había bastado para descubrir las puntas, dispuestas estratégicamente frente a las fisuras en la barricada. No sólo para ahorrar clavos y veneno, sino para asegurarse de que los jinetes salieran divididos, como por un cuello de botella. De modo que no pudieran alertar a los que venían detrás de su fatídico destino. Se limitó a beber de la petaca, esperando entrar en calor, contemplando cómo la barricada de carros era deshecha y los hombres de Kunaharan se los iban llevando uno por uno, cuidándose de pisar las zonas con clavos. En otro lugar, pensó Adam, se molestarían en saquear los cadáveres y quemarlos para dejarlos irreconocibles, para no dejar huella. Pero en Hal-Nabuyah, si se quería dejar un cadáver irreconocible sólo había que esperar a que saliera el sol. En pocas horas ya era una momia. El blasón de la casa de Dabbar tampoco duraría mucho allí. Nada más que se alejaran los escavangers, aquellos cuerpos iban a ser despojados de todo lo que tuvieran encima por una horda de bandidos, ladrones y pordioseros que en aquel momento se escondían hasta debajo de las piedras. Probablemente muchos cayeran en la misma trampa al acercarse, pero eso ya no era problema ni de Kunaharan ni, por supuesto, de Dabbar.
- ¡Nos largamos de aquí! - Informó a gritos Jericho, ordenando a todos los carreros y mozos de cuadras que pusieran en marcha a sus animales - ¡Y recordad: esto no ha pasado! ¡Como me entere de que alguien piensa contárselo a sus amigos del bar, sea verdad o no, lo agarro y le saco los ojos ahí mismo, ¿estamos?!
Todos estaban. Incluido Saled, que miraba de reojo a Adam mientras preparaba su carro. Con esa mirada de un niño que pierde la inocencia por vez primera. "¿Qué te pensabas que era el mundo, chico?" Le dijo el hombre blanco en sus pensamientos, escupiendo a la arena y exhalando un vapor pálido a luz de la luna. Tal y como esperaba, no pudo dar ni dos pasos antes de que Kunaharan se plantara frente a él. Su rostro era la viva imagen de la frase "Y bien, ¿qué opinas de esto?", como si estuviera esperando una palabra de desaprobación para poder despreciarla y dejar claro quién mandaba allí. Adam, sobra decirlo, no se la concedió:
- ¿Falta mucho para Madena? - Se limitó a preguntar, impertérrito, fingiendo no ver la sangre que manchaba las brigantinas de los escavangers.
- Depende. Algunos podrían no llegar nunca - amenazó entre dientes, jugando con él, lo cual era tan interesante como jugar con una tortuga terrestre, pues Adam siguió sin reaccionar -.
- Podrían - coincidió él, sonriendo de una forma terrible -. Será mejor que miremos por dónde pisamos, ¿verdad, Señor?
Kunaharan asintió; su sonrisa ya era una mera exhibición dental. Se fue en silencio, mascullando algo que Adam no pudo ni quiso oír. Un poco como un crío al que no se le presta atención tras ejecutar una soberbia travesura. Jericho lo acompañó, no sin antes fulminarlo con la mirada y hacer un para nada discreto gesto de rebanarle la garganta. El mastari fue el último en despedirse, eligiendo como frase final una poco imaginativa ironía:
- Estás haciendo muchos amigos, Adam Rasby.
- Lástima que ninguno os atreváis a mover un dedo sin el permiso de vuestro jefazo. ¿Qué se siente al ser un perro en una cadena, Mastari?
Azayel se desvaneció en el aire como una candela en el viento, emitiendo un breve destello amortiguado. Adam sonrió de oreja a oreja, asintiendo y dando otro trago. Sonreía porque medio segundo después vio ese mismo brillo resplandecer a través de las tablas de uno de los carros, el que viajaba más cerca del de Kunaharan. Ya sabía dónde se alojaba el mago.
Otro más que tenía bajo control.
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