sábado, 19 de noviembre de 2016

El Rey de las Ilusiones, Episodio IV: Serpientes en la hierba

(Enlace a este capítulo en Wattpad: Episodio IV)

- Por fin un poco de verde - masculló Adam entre dientes, bajándose del carro y estirando las piernas entre la hierba, que le llegaba hasta la rodilla -.
- ¿Echas de menos el paisaje de tu país? - Preguntó Saled mientras ataba el carro a una gran palmera, quizá con la vana esperanza de que le revelara de dónde venía.
- Mi país no era verde - negó él, dando otro trago a la petaca, a cuyo sabor empalagoso ya se había acostumbrado -.
- ¿De qué color, entonces?
- Rojo - replicó con un tono cortante y duro, pero desprovisto de emoción, como el cuchillo de un carnicero -. Y negro.
Saled no necesitó que le aclarara lo que eso significaba. A esas alturas del viaje había tenido tiempo de enterarse de que Rasby era uno de los típicos apellidos que ponían en los orfanatos. Los que les daban a aquellos niños sucios de ceniza y sangre que quedaban a veces como un rastro del paso de los ejércitos, tirados en las cunetas con pocos o muchos rasguños y nadie a quien pedir ayuda. Los que les daban en aquellas casas oscuras y apestosas de humedad, aquellas casas de acogida que más bien parecían perreras. Y donde se les trataba de forma similar. En eso no había grandes diferencias entre los reinos del norte y los del sur.
- ¡Montad el campamento, rápido! - Ordenaba Jericho a sus hombres, aún sin bajar de su caballo - ¡Los lugares como este atraen a mucha gente peligrosa, no nos demoremos más de lo necesario!
- ¿Te preocupas ahora por la seguridad, Jericho? - Intervino Kunaharan, también subido todavía a su carruaje - Creía que tus hombres eran los mejores. Por eso os contraté.
- Con el debido respeto, Señor - se contuvo el comandante, mordiéndose perceptiblemente la lengua tras los labios apretados -, esto no es como el cañón. Estamos en Vergi Garda, uno de los oasis más frondosos de Hal-Nabuyah. Toda esta vegetación ofrece muchos más escondites que el Cañón de la Víbora. Aquí, cualquier enemigo podría aproximarse mucho a nosotros sin ser visto. Ni siquiera los sistemas de detección mágicos funcionan.
Kunaharan frunció el ceño, girándose hacia su mago, que en ese momento aparecía caminando a su alrededor, como si ya intuyera que se le iba a requerir. Azayel asintió con gravedad y señaló a su alrededor, a la espesura de maleza y palmeras que se expandía a su alrededor como un mar verde plagado de insectos cantarines.
- Veréis, Señor - se apresuró a explicar, aunque no parecía apurado en absoluto -. Los magos extraemos energía del entorno para generar nuestra magia. Esta se halla bajo cinco formas: tierra, agua, aire, fuego y espíritu. Dependiendo del entorno, una se extrae más fácil que otra. La de tipo tierra es más accesible en terrenos poco compactos, como lo es el arenoso, ya que fluye por los espacios entre los granos. La de tipo agua se extrae con facilidad de grandes masas de agua fresca y pura, como en el océano. La del aire es demasiado débil de por sí, pero en entornos húmedos se puede combinar con la del tipo agua, contenida en la humedad atmosférica. La del fuego, como es obvio, requiere fuego, pero sólo puede controlarse si se absorbe en grandes cantidades, como hacen los magos de batalla cuando aprovechan las llamas de los incendios. En cantidades menores, se escapa del cuerpo sin llegar a convertirse en magia. Y la espiritual sólo está disponible en lugares que mantengan una fuerte conexión con el más allá, de forma que se tome la energía de los espíritus y entes remanentes.
- ¿Y a mí qué cojones me importa eso? - Se impacientó Kunaharan.
- Os importa porque esta zona no reúne ninguna de esas características, Señor - explicó Azayel sin disimular su desprecio por los ignorantes en temas mágicos -. La tierra es compacta por culpa de las raíces de los árboles y plantas. El agua que aflora del oasis no es ni fresca ni pura, sino que está caliente y llena de formas de vida, como algas y peces, que interfieren en la circulación de la energía mágica. El aire es seco como la mojama y tampoco hay conexión alguna con el más allá, ni siquiera un mísero altar pagano.
- Joder, pues si quieres energía, ve a cargarte de magia de tierra en las dunas y vuelve cuando tengas bastante - refunfuñó el emisario, mesándose la barba nerviosamente -. Jericho, manda que lo escolten unos cuantos y... ¿Por qué niegas con la cabeza, Azayel?
- Para vigilar una zona, necesito crear un campo sensorial - siguió pacientemente el mastari -. Consiste en conectarse con la energía ambiental sin llegar a absorberla, detectando cualquier intruso que la perturbe. Pero, como ya os he dicho, ninguna de las cinco energías elementales aquí es lo bastante fuerte para generar con ella un campo. A menos que queráis quemarlo todo y usar un campo de fuego - la última frase tenía más de burla que de otra cosa, pero lo cierto fue que Jericho se lo pensó -.
- Trae magos para esto - gruñó Kunaharan mientras se bajaba del carro -. Pues vale, nada de vigilancia mágica. Jericho, esta noche todo estará en tus manos. No la cagues.
Montaron el campamento en la misma orilla del lago, limitando así los puntos desde lo que podían ser atacados. El terreno formaba dos pequeñas colinas a ambos lados del campamento, justo ante el agua, como miradores desde los que se podía vigilar por encima del espeso manto de árboles y maleza florida. Pasaron varias horas recolectando provisiones, agua y leña, esta última asegurándose de cortar los árboles que más les dificultaban la vigilancia de la zona. Allí, sentado sobre las rocas que se erguían al borde de las verdosas aguas del oasis, Adam paseó la mirada por aquel vergel. Aves de todos los tamaños y colores volaban en bandadas y anidaban en las tupidas ramas, lanzándose contra la superficie en busca de peces, convirtiéndose a veces en el alimento de los cocodrilos que acechaban a un palmo por debajo de las suaves ondas lacustres. El aire olía a flores, era húmedo y fresco, en especial a la sombra de aquella gran palmera en torno a la que habían levantado todo el campamento. Además, la vegetación era una excelente barrera contra el fuerte viento arenoso del desierto. Adam se hubiera sentido tentado de decir que aquel era un lugar cómodo, un paraíso. Si no fuera porque sabía que no había paraísos para todos en Hal-Nabuyah. Porque, si aguzaba la vista, intuía el brillo de mil ojos diabólicos ocultos tras cada árbol.
...
- ¡Alerta! - Gritó una voz desgarrada y ahogada en medio de la noche - ¡Nos atacan!
Adam tuvo muy poco tiempo para salir de donde estaba. Una décima de segundo antes de que todo el campamento se movilizara, antes de que las espadas se desenvainaran, las lanzas se alzaran, las antorchas se prendieran y las ballestas se tensaran. Ese fue el tiempo que tuvo para rodar por debajo del carro del que acababa de salir, reptar hasta el otro lado, zambullirse en una espesa mata de hierbas de medio metro de alto, gatear hasta detrás de un árbol rechoncho y cubierto de musgo, ponerse en pie y salir al escenario como si simplemente se hubiera levantado a vaciar la vejiga. Como si no acabara de colarse en el carruaje donde el mastari guardaba sus preciadas posesiones, de forzar la compleja cerradura mágica con un par de trucos aprendidos hacía mucho tiempo y de investigar hasta el último rincón, llevándose de paso algo que le resultó muy interesante. Algo que ahora tenía fuertemente apretado contra el pecho, escondido bajo su chilaba parduzca, mientras trataba de recordar para qué servía y de entender para qué podía querer el mago tenerlo allí. Esas preguntas quedaron para más tarde. Ahora primaba saber quiénes estaban acuchillándolos en la oscuridad.
- ¡Proteged al patrón! - Rugió la furiosa voz de Jericho, que en ese momento se subía al caballo ballesta en mano - ¡Que no se acerquen a la tienda!
- ¡Son muy sigilosos! - Chilló un soldado salpicado de la sangre de su compañero, con un gesto de horror impreso en el rostro - ¡Tened cuidado!
Adam supo muy rápido lo sigilosos que eran: apenas había tenido tiempo de localizar la palmera que marcaba el centro del campamento cuando algo sacudió la hierba tras su espalda. Un segundo después, una afiladísima daga ensangrentada rasgaba la tela de su chilaba. Que no llegara a rasgar nada más fue mérito de sus agudizados reflejos y su experiencia en puñaladas por la retaguardia. Saltó hacia delante lo justo para evitar que la hoja le tocara la piel, girándose bruscamente y retrocediendo varios pasos hacia terreno despejado. El corazón le golpeaba las sienes, el aire le llenó los pulmones y sus músculos se tensaron como el acero. La adrenalina tomó el control nada más que vio aquella sombra negra retirarse de nuevo a la espesura, perdiéndose entre las briznas como una serpiente descubierta. Aquellos asaltantes no atacaban frontalmente, su táctica era ocultarse y sorprenderlos, desvaneciéndose si eran descubiertos. La clave era dejar que se confiaran.
- ¡Son los Sombríos! - Oyó gritar alguien, que poco después gimió y cayó a plomo con el aire silbando en su tráquea seccionada.
Los Sombríos... Adam apretó la mandíbula, sabiendo lo que eso significaba: allí iban a morir muchos como no reaccionaran rápido. Los soldados se retiraron como pudieron, corriendo entre la vegetación y siendo acosados por flechas, dardos y cuchillos arrojadizos que sisearon en el aire como avispas asesinas. Todo el campamento formó un apretado cerco en torno a la palmera central, hombro con hombro, apuntando con las ballestas en todas direcciones y disparando a cualquier cosa que se moviera. Los que acertaron a subirse al caballo siguieron a Jericho y se lanzaron al galope por la orilla, tratando de rodear la zona por el borde del lago y cortarles los puntos de fuga a los asaltantes nocturnos. Un par de valientes se internaron en la espesura espada en alto y no avanzaron más de diez pasos antes de morir. Y Adam, mientras tanto, sólo pudo correr encorvado como una bestia acorralada, lanzándose contra el cadáver de un jinete recién abatido en busca de su arma. A falta de dos metros, tropezó con una raíz y cayó de bruces en la arena, húmeda y pegajosa por la sangre del muerto. Esa sangre se mezclaría con la suya un segundo después.
Una sombra sigilosa envuelta en ásperos ropajes grises saltó desde las ramas de un árbol, blandiendo un cuchillo de hoja gruesa y ganchuda, asestando una mortal puñalada contra la nuca del torpe hombre blanco que... que de repente rodó a un lado mientras cogía algo pesado y aparatoso y lo apuntaba contra él. El asesino hundió su cuchillada en la arena roja, ahogando un grito de pánico. La punta de acero del virote le perforó el ojo y atravesó la cabeza, brotando por detrás con una espesa salpicadura oscura y pegajosa. Adam no se había tropezado sin querer. Cogió el cuchillo de su víctima, sintiendo la adherente empuñadura de piel de lagarto y sabiendo al instante que los Sombríos iban bien equipados: ese cuchillo hubiera cortado un pelo en el aire. No cabía esperar menos de un cuerpo de asesinos de élite creado por el mismísimo reino de Madena. Los Sombríos eran la fuerza de infiltración más letal de los Reinos del Sur. Su entrenamiento era una locura, su doctrina una pura secta. Nunca mostraban el rostro, jamás luchaban frente a frente y jamás hablaban en voz alta. Su comunicación se reducía a un código secreto de silbidos y gestos, reservándose las palabras para las situaciones en las que nadie de fuera de la secta pudiera oírlos. El líder de la secta, cuyo alias era Serpes, era un absoluto dios para sus seguidores. Si Serpes les ordenaba que se prendiesen fuego, ellos lo hacían sin pestañear. Era tal la lealtad que le profesaban que, cuando el tal Serpes había decidido seis años atrás que ya no quería seguir siendo el perro faldero del rey, lo siguieron fielmente al exilio, convirtiéndose en una sombra siniestra que sembraba el terror de los convoyes en las dunas. No se sabía qué había provocado la traición de Serpes a la corona, ni qué pretendía conseguir en medio de aquel páramo arenoso. De hecho, no se sabía si de verdad había existido alguna vez esa orden secreta de asesinos imparables. Hasta ahora.
- ¡Los putos Sombríos existen! - Gritó Saled, al que Adam distinguió agazapado detrás de su carro.
- ¡Saled, métete dentro! - Lo alertó Adam, señalándole la portezuela del carruaje.
- ¡Adam, estás vivo! ¡Creía que...! - Celebró aliviado el carrero, que en aquellos días había tomado al irascible extranjero como su mentor.
- ¡Adentro, coño! - Tronó él, alcanzando el cerco de soldados y protegiéndose tras el escudo que uno de ellos sostuvo delante de su pecho, cubriéndose ambos con él.
No llegó a ver si Saled le obedecía, ya que de pronto se encontró deslumbrado por una luz cegadora que casi le hizo doler las retinas. Aunque le caía como una patada en la entrepierna, esa vez sí que se alegró de ver al mago. Azayel se materializó delante de ellos, entre las tiendas y carros aparcados, con las manos brillando en un intermitente blanco pálido. Eléctrico. El mastari se había teletransportado hasta las dunas a cargarse de energía y ahora llegó justo a tiempo para descargar una lluvia de rayos que hizo salir humo de la vegetación y desprendió un revelador olor a carne quemada. Unos cuantos habían caído bajo la descarga.
- ¡Ahora, contraatacad! - Gritó Jericho, que llegaba a caballo desde fuera, empujando a los asesinos contra la barrera humana - ¡Los tenemos acorralados!
Adam fue de los pocos que se quedó en su sitio, disparando virotes junto al soldado que lo cubría con su escudo. Los demás, envalentonados por el ataque del mago, cargaron entre gritos salvajes y atacaron hasta a las piedras. El chasquido de las ballestas y el tintineo del metal resonó por todo el oasis durante unos largos minutos. Y, mientras tanto, nadie vio a la más oscura de todas las sombras. La que se deslizó como un espectro confundiéndose con los cadáveres y los oscuros barrizales de sangre y arena. La que entró como el soplo de aire de un cementerio en la tienda de Kunaharan, daga en mano.
Porque aquella sombra era nada menos que la de Serpes.

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