Adam fue el primero en bajar la ballesta. El soldado que lo cubría con su escudo había muerto hacía rato, alcanzado por una flecha en el ojo derecho que por poco no le había atravesado la cabeza. La manivela seguía en su mano, la cuerda a medio tensar. Ya no había a quien disparar: los Sombríos se habían desvanecido tan rápido como habían aparecido. Apenas medio minuto atrás, la caballería de Jericho había bordeado la espesa jungla del oasis y los había acorralado con un barrido por la espalda, cortándoles toda retirada y dándoles una despiadada caza entre los árboles. Hasta que los asesinos habían demostrado que, si no habían desaparecido primero, era porque no habían querido. Simplemente, de pronto ya no hubo un sólo hombre de gris en todo Vegi Garda. Los escavangers siguieron gritando, disparando flechas a las sombras y cercenando arbustos a espadazos durante un buen rato, hasta que a poco a poco se dieron cuenta de que eran los únicos que perturbaban en el silencio. Ya sólo se oían los grillos, las ranas y los gemidos de los hombres y caballos malheridos que se desangraban y temblaban con espasmos sobre la arena rojiza. ¿Por qué se habían retirado de repente? ¿Acaso...?
- ¡Inútiles! - Gritó una indignada voz que resonó por todo el oasis, acompañada de unos firmes pasos procedentes de la tienda del patrón - ¡Putos borregos! ¡Subnormales!
Adam resopló, volviéndose hacia el origen de tan cariñosos apelativos: Kunaharan salió medio desnudo a la luz de la luna, con el rostro tenso como la cuerda de un arpa y los ojos muy abiertos. Justo como alguien que acabase de ver la muerte desde muy cerca. Tan cerca como para que no cupiera un cabello entre él y ella.
- ¡¿Se supone que los escavangers son la élite de los cuerpos de seguridad?! - Tronaba enfurecido, señalando a un bulto envuelto en tela gris que en ese momento salió de su tienda y cayó al suelo como si alguien lo pateara - ¡Mirad quién se ha colado delante de vuestras narices, gilipollas! ¡Casi me matan!
Los escavangers eran en su mayoría gente recia, dura e inexpresiva. No obstante, era fácil saber por sus miradas cuándo los tenían por corbata y esa era una de esas ocasiones. El bulto envuelto en tela gris era, por supuesto uno de los Sombríos y la persona que lo había pateado fuera de la tienda era nada menos que el mastari. Azayel se limitó a darle la vuelta con el pie, revelando la cara del individuo: se trataba de un hombre completamente calvo y afeitado, con una cicatriz diagonal que pasaba por su ojo izquierdo y le llegaba a la comisura derecha del labio, dejando una nariz deforme de aspecto macabro. La visión de aquel hombre despertó una oleada de respingos, murmullos y blasfemias por lo bajo. Saled, que se había acercado en silencio, le dirigió a Adam una mirada interrogante. El extranjero se dignó por una vez a darle explicaciones:
- Ese hombre encaja con todas las descripciones, más o menos fiables, que se tienen de Jack Serpes, el líder de los Sombríos. Por eso sus subordinados han huido. Según su código, tienen terminantemente prohibido actuar sin órdenes previas. Si el líder es capturado, deben abandonarlo inmediatamente, pues en ese momento queda destituido y se convoca una asamblea para elegir al nuevo. Podría decirse que ese mago ha cortado la cabeza de la serpiente.
El carrero tragó saliva, asintiendo. La ira de Kunaharan estaba justificada. Había contratado a unos guardaespaldas de élite, que, por lo visto, no estaban a la altura de un asesino de élite. Serpes se había deslizado entre ellos sin siquiera ser visto. Y sin embargo ahora yacía sin sentido en la arena. Adam supo de inmediato que Azayel le había lanzado un hechizo de parálisis, cuyo efecto sólo terminaba cuando fuera deshecho por otro mago. De ninguna manera matarían a un personaje tan importante y con tanta información. Era demasiado valioso, en especial para el reino al que se dirigían. Madena se alegraría de verlo aparecer con un prisionero como ese. Lo que no supo entender fue cómo el mastari había sabido que el asesino había entrado en la tienda. No podía haberlo visto, él luchaba con los demás en el bosque, lanzándoles rayos. Había tenido que recurrir a la magia para saber que Kunaharan estaba en peligro. Quizá algún tipo de telepatía, como la que usaban los Sombríos para comunicarse en silencio (y para enterarse de que su líder había sido atrapado, claro). Pero, que él supiera, para la telepatía era necesario que las dos personas supieran usar magia. Kunaharan tenía tanto de mago como él de ballena azul. ¿Había otros métodos que él no conocía? ¿Quizá servían para eso los extraños amuletos que había encontrado en el carro del mago, de los cuales tenía uno ahora escondido bajo la chilaba? Lo único que sabía era que esos amuletos no estaban registrados en el manifiesto de carga que había conseguido birlarle a Saled la noche anterior. La razón lo inquietaba. Sólo un poco.
- Jericho, quedará constancia de esta incompetencia cuando termine el viaje - le advirtió fríamente el patrón cuando consiguió distinguir al comandante bajo la capa de sangre pegajosa que teñía su capa blanca -. Que te quede claro.
Jericho no replicó. Muchos otros lo hubieran hecho, pero no un comandante escavanger. Esos hombres ya estaban acostumbrados a tratar con nobles y burgueses de las más altas esferas, de modo que sabían muy bien que una excusa o una disculpa eran lo peor que podían decir. Que lo mejor era guardar silencio, mirar al frente y asentir con la cabeza bien alta, con la fría diligencia que se esperaba de su compañía. Adam casi pudo sentir cómo ardían los infiernos en el interior de aquel impávido hombre, pero prefirió centrarse en el comatoso Jack Serpes, que en aquel momento estaban atando y metiendo en un carro como a un vulgar saco de patatas. ¿Qué demonios había pretendido hacer ese renegado? ¿Secuestrar a Kunaharan y apoderarse del convoy, tal vez? ¿Sabía acaso quiénes eran los que estaban acampados allí o era tan inocente como el bueno de Saled? Difícil saberlo con un hombre vegetal. Y algo le decía que justo por eso Azayel había elegido ese hechizo. Para silenciar una gran respuesta.
...
No pasaron más que tres días antes de que las crestas de las dunas dejaran por fin entrever las brillantes torres blancas de la ciudad de Cammota, capital del reino de Madena. El convoy por fin soltó el aliento, que llevaban conteniendo durante aquellas tensas setenta y dos horas mientras aguardaban el momento de oír silbar otra flecha, de ver aparecer otra horda de jinetes u otra bandada de cuervos grises con dagas inmisericordes. Y, sobre todo, los ojos que no se habían despegado del inánime cuerpo de Jack Serpes, temiéndose un traicionero ataque sorpresa, pudieron ya pasearse libremente por los tejados de los palacios que se erguían en la parte alta de la ciudad, tras una impenetrable muralla dentada por las balistas y catapultas que la defendían y recorrida por un reguero ininterrumpido de arqueros y ballesteros que recordaban a hormigas vestidas con casacas verdes. El mismo color verde lucía en los estandartes que se mecían al cálido viento en lo alto de los torreones de vigilancia que defendían la entrada a Cammota. Esta aparecía congestionada por un tapón de carros y jinetes que se congregaban al filo del desierto, volviendo las miradas con miedo al páramo del que venían y rebuscando en sus bolsas las monedas que habrían de pagar el impuesto por pisar aquellas calles empedradas y cubiertas bajo un continuo toldo de telas parcheadas extendidas entre los apretados edificios de adobe. Adam sabía que no se quedarían atascados allí, puesto que la gente pudiente tenía su propia entrada, que llevaba directamente a la zona alta sin tener que pasar por la miserable y maloliente existencia de los plebeyos a los que ignoraban. Avanzaron rodeando la primera muralla, hasta llegar a un punto donde esta se encontraba con la segunda, la que rodeaba la zona rica. Una larga y ancha rampa les permitió ascender a la colina en la que se codeaban los más poderosos de Madena, tras cruzar un portón el doble de grande y el triple de fortificado que el que se habían saltado abajo.
Apenas habían hecho falta más que un par de palabras de Kunaharan, unidas a un documento redactado en papel del caro que uno de los guardias leyó con los ojos desorbitados. Casi se le cayó la ballesta al devolvérselo al patrón, que sonrió con indisimulada superioridad. Después de eso todo el convoy entró a la ciudad alta sin una sola pregunta. Adam, que hasta ese momento había ido poniéndose progresivamente más nervioso, respiró tranquilo y trató de no llamar la atención, resguardado dentro del carro en absoluto silencio. Saled lo miró de reojo por el hueco de la cabina, pero no dijo nada. Sospechaba -acertadamente- que Adam habría tenido muchos problemas para entrar de no haber ido en ese convoy. Lo que no sospechaba era que, de hecho, si lo hubieran descubierto estarían llevándoselo ahora mismo. Con un par de grilletes en los pies y otro en las manos. Adam Rasby ya había estado en Cammota, de allí había escapado hacía lo que parecía ya un siglo. Concretamente, de la ciudad alta. Más concretamente, del lugar al que el convoy de Kunaharan se dirigió en ese mismo momento. Sólo que a ese lugar no iban a entrar todos los presentes. Al llegar a una espléndida plaza central adornada por un jardín exhuberante y la estatua dorada de un gran águila posada sobre una espada que se clavaba entre las flores, Kunaharan mandó detenerse a todos los carros. Ante ellos se alzaba el Palacio Real de Cammota.
- ¡A partir de este punto sólo seguiremos tres personas: Azayel, Jericho y yo! - Anunció el patrón, poniéndose de pie sobre el pescante de su carro - ¡Vuestro trabajo ha terminado, podéis dejar los carros y caballos en manos de los hombres del palacio, que vendrán en breve! ¡Mientras tanto, id pasando ante mi carro y se os pagará vuestro sueldo! ¡Os recuerdo que nadie está autorizado a abandonar la parte alta de la ciudad sin un permiso especial, de modo que antes de iros debéis presentaros en la Administración Real - señaló un edificio de aspecto sobrio pero imponente que se alzaba al otro lado de la plaza - y mostrar el sello que os entregaré junto a vuestra paga!
Adam estuvo a punto de soltar una carcajada sarcástica. Vaya con el falso mercader, pensó, que piensa que voy a intentar escaparme de aquí. Quiere tenerme controlado, porque cuando acabe con lo que quiera que haya ido a tratar con el rey, vendrá a hablar conmigo. Discreta y extraoficialmente. Así que se ha asegurado de que sea el único que no tendrá el sello, puesto que soy el único que no cobrará una paga. ¿Piensas que responderé tus preguntas a cambio de poder salir de aquí? Ni me molestaré en pedirte ese sello, cabrón creído. Tú has sido mi pasaje para entrar. En realidad debería darte las gracias. De otra forma habría sido un quebradero de cabeza, teniendo en cuenta que aún debo de seguir en busca y captura y que los guardias de la muralla no habrán olvidado mi cara. Mi cara... Esa vez sí que sonrió para sí mismo. Lo cierto era que no iba a costarle entrar en el palacio, ni de lejos tanto como la última vez. Al fin había averiguado para que servían esos amuletos sin declarar en el carro del mago. Y tenía uno en su poder ahora mismo. Recordaba vagamente cómo usar aquellos aparatos, aunque sus conocimientos de magia eran escasos y se limitaban a...
Olvídalo...
No fue culpa tuya...
¡Olvídalo, joder, concéntrate!
Tenía que moverse rápido y aprovechar las sombras. Al fin y al cabo él no era tan distinto de Jack Serpes y los suyos. La diferencia era que él todavía no estaba paralizado y camino de una celda a la que le seguiría la horca.
...
- Sois un hombre de lo más retorcido - sonrió un orondo monarca con cara de bonachón, hablando bajo el velo de un tupido bigote que nacía bajo su nariz redondeada -. Intuyo que nuestra alianza será muy interesante.
- Comparto vuestra intuición, Majestad - sonrió igualmente Kunaharan, haciendo una reverencia y dando un bocado al suculento cordero que humeaba en la mesa entre ellos -.
Los guardias reales que vigilaban la puerta podían oír perfectamente lo que su rey trataba con el recién llegado, pero se daba por descontado que ninguno de los dos revelaría una sola palabra. Porque probablemente ninguno de ellos tuviera ganas de ser despellejado con tenazas al rojo. Hielam de Cammota, como Kunaharan, se sentaba sobre un suave cojín ricamente adornado con filigranas de la mejor seda, en una estancia redonda bañada por la luz dorada que se filtraba por entre los ligeros visillos verdes y la gran cúpula cristalina que formaba el techo. Daban buena cuenta de la comida y la bebida, servidas por camareras con velos sobre el rostro y muy poca tela más sobre el resto de su sinuoso cuerpo. Normalmente, un emisario del rey, aunque recibiese toda clase de atenciones, no se sentaba a comer con el monarca de un país vecino, hablando con toda confianza. Pero es que no era este un emisario corriente. Y de eso se dio cuenta, aunque en realidad ya lo sabía desde hacía mucho, uno de los guardias reales que aguantaba rígido como una picota, lanza en mano. Aquel guardia miraba de vez en cuando a la puerta, preguntándose si el mago que en ese momento merodeaba a sus anchas por el palacio sería capaz de descubrir su truco si se lo encontraba. Al fin y al cabo, era una ilusión poderosa. La cara del guardia que había noqueado, atado, amordazado y arrastrado hasta un almacén cerrado hacía menos de media hora lucía completamente real sobre la suya. De hecho, el amuleto funcionaba tan bien que incluso su cuerpo, su ropa y su voz imitaban a la perfección los de aquel desgraciado. Mientras lo llevase colgado al cuello, Adam Rasby seguiría pasando desapercibido.
- Reconozco que era un plan arriesgado - asintió Kunaharan, sirviéndose él mismo más té de hierbas y dando un sonoro sorbo -. Jack Serpes estuvo a punto de capturarme. Recordadlo cuando le estéis aplicando las torturas pertinentes a ese traidor.
- Sí... - Asintió Hielam con maldad en los ojos - No podía iniciarse esta amistad con un regalo mejor. Serpes va a responder a muchas preguntas en cuanto ese mago vuestro le quite la parálisis. En estos momentos, el Mastari Azayel se encuentra en las mazmorras colaborando con el interrogatorio. Hemos de agradecerle sus esfuerzos a ese hombre, ¿no creéis? - Kunaharan asintió, aunque había tenido sus desavenencias con Azayel - Sin él, nada de esto habría sido posible. Un ilusionista de su calibre es difícil de ver en estos días. He oído que sus amuletos de suplantación son magistrales. Una lástima que mi padre tuviera que llevarse a matar con él. Como todas las cosas que hacía ese gordo imbécil, expulsar del palacio al mastari fue un tremendo error. Me alegra que al fin, aunque bajo vuestro estandarte, esté dispuesto a ofrecer sus talentos a mi reino una vez más.
Adam tragó saliva, entrecerrando los ojos. De modo que Azayel había servido antes al rey de Madena. Eso era intrigante. Pero no tanto como lo que oyó a continuación:
- Habrá sido duro tener que renunciar a vuestra identidad durante todo el viaje, amigo Himdel.
- He echado de menos las reverencias - se encogió de hombros (¿Kunaharan?), rebañando el último hueso -. Muy pocos sabían que no era un hombre de negocios. Y, desde luego, ninguno de esos idiotas sabía que viajaba con el mismísimo rey de Salén.
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