lunes, 14 de noviembre de 2016

El Rey de las Ilusiones, Episodio II: La tensión del acecho

(Enlace a este episodio en Wattpad: Episodio II)

-¡Adam, maldita sea, mírame! - Gritaba la voz de una mujer, perdida en algún punto de la espesa niebla - ¡Estoy aquí, a tu lado! ¡¿Por qué no puedes darte cuenta?! ¡¿POR QUÉ NO VES LO QUE TODAVÍA TIENES?!
- Lo siento - susurraba su propia voz, trémula y entumecida -. Lo siento de verdad, pero... no soy libre. No soy libre, nunca lo seré. Soy... soy un esclavo.
- ¡¿Esclavo de quién?! - Chillaba ella, desesperada, su silueta perdiéndose en la bruma mientras él se alejaba - ¡ADAM! ¡No lo hagas, no sigas! ¡No vas a recuperar lo que ya has...!
- Adiós. No intentes seguirme. No me encontrarás.
- Adam... Por favor - oyó unos últimos sollozos en decrescendo -. No fue culpa tuya...
No fue culpa tuya...
...
Adam abrió los ojos. Un fuerte viento soplaba fuera del carro, raspándolo con un siseo áspero como una ráfaga de lija. El aire estaba cargado de polvo y arena, caliente como una colada de lava fluyendo sobre la helada superficie del desierto al amanecer. Esas diferencias de temperatura entre el frío de la noche y el ardor del día eran lo que provocaba la mayoría de las tormentas de arena al amanecer. Tormentas como la que había enterrado a Adam bajo las dunas el día anterior, mientras huía con nada más encima que una ballesta y una certeza absoluta de que salía del fuego para caer en las brasas. Por el momento, el convoy de Kunaharan no tenía pinta de brasas. Más bien se sentía como en un charco de brea que pudiera incendiarse en cualquier momento. Había alertado demasiado al emisario al revelarle lo que sabía, pero también era consciente de que el conocimiento era poder y ahora se había mostrado como el que llevaba la mano ganadora. Porque el falso comerciante no sabía aún nada de él. Y también sabía que no le sacaría nada por la fuerza. Adam Rasby era de esa clase de personas capaces de morir con los labios sellados, cosa que Kunaharan reconoció de inmediato. Al emisario, aunque no lo dijera, le estimulaba ese misterio que rodeaba al hombre blanco. Sobre todo mientras tuviera la seguridad de que, a una orden suya, sus escavangers lo harían pedazos en un suspiro. Adam, por su parte, no tenía un lugar mejor a donde ir. Separarse del convoy en medio del desierto era una soberbia idiotez. Más incluso que la de seguir con ellos hasta el lugar del que había salido huyendo.
- Nos movemos, Adam - informó un joven de melena rizada y ojos esquivos que se asomó por la parte trasera, abriendo la portezuela de madera -. ¿Todo bien?
- Sí, Saled, todo bien - contestó Adam -. ¿De verdad vamos a ponernos en marcha bajo la ventolera? No sabía que vuestro jefe tuviera tanta prisa.
Saled guardó silencio, mordiéndose el labio con cierto temor. Desde que había descubierto a aquel extraño sepultado en la arena se sentía responsable por las posibles consecuencias de llevarlo con ellos. Pese a que esa decisión no había sido suya, Saled se temía que las culpas encontrarían el modo de evitar a su superior y caerle a él en la coronilla. Y, como no quería tener de qué arrepentirse, el muchacho se esforzaba por saber a qué clase de individuo había desenterrado. Adam no colaboraba mucho, precisamente, y eso hacía que Saled sólo se pusiera más nervioso a cada minuto que pasaba. El carrero se protegió la cara del viento con su chilaba y se encogió de hombros, matando el silencio con una indiferencia más falsa que el orgasmo de una prostituta en la alcoba de un rey senil.
- El señor insiste en que lleguemos cuanto antes al Cañón de la Víbora - reveló finalmente, pensando que tal vez se ganara su confianza así -. Allí podremos avanzar más rápido, sin dunas ni estas tormentas de arena constantes. Además, es un paso más seguro.
- No hay pasos seguros en Hal-Nabuyah - negó Adam, clavándole unos ojos fríos que consiguieron el efecto deseado: Saled palideció -. Pero, para alguien con una escolta como la nuestra, no debería haber peligro - la relajación en el rostro del muchacho no duró mucho, porque seguidamente se la arrebató -. Sí, para alguien bien protegido, ese lugar es discreto. Escondido. Recóndito. Porque nadie más se acercará allí. Excepto quien tenga pensado tu jefe.
Saled, por lo visto, no tenía la menor idea de lo que hacía en ese convoy. Adam entendió que, de hecho, el pobre idiota debía de creer que eran mercaderes de verdad. No se imaginaba que un ejército como el que llevaban no era para defenderse. Era para atacar. Tras unos segundos de duda, el carrero cerró la puerta y se subió al pescante, al frente del carro. Poco después, bajó la tabla deslizante que lo separaba del compartimento de carga, donde viajaba su pasajero. Quería continuar la conversación mientras el viaje se reanudaba. Lo que a Adam no le hizo ni puta gracia, pues por ahí le entraban el viento polvoriento y el pestazo a sudor de caballo.
- Escucha, chico - gruñó Adam, apartándose como pudo del viento entrante -. Allí va a pasar algo de lo que no te han hablado. Algo que no querían que supieras ni quieren que cuentes - Saled tragó saliva, pero no se volvió, aparentando simplemente guiar a los caballos -. Cuando eso pase, será el momento en que te den a elegir entre tres opciones.
- ¿Una será que me calle y guarde el secreto? - Adivinó con voz temblorosa.
- Correcto. Seguramente venga acompañada de una paga extra.
- De momento me gusta esa opción, pero... ¿Y si lo que ocurre allí no es...?
- No, tienes razón: no será agradable, y seguramente tampoco sea moralmente correcto. Si tu conciencia se resiente, te presentarán las otras dos alternativas - Adam se acercó todo lo que pudo a la ventanilla, procurando susurrar con su áspera voz de óxido - Podrás abandonar el grupo, quedándote tirado en un lugar en el que los bandidos aparecerán nada más que los escavangers se vayan. O podrás renunciar a esa angustiosa espera y morir instantáneamente, asesinado por unos profesionales en vez de por unos salvajes aburridos y sedientos de sangre.
- Quieres decir que me matarán si...
- No tendría ni que decirlo. Ya deberías imaginártelo, muchacho - lo cortó con cierta decepción, preguntándose cómo había gente tan inocente en el mundo -. Mi consejo es que, pase lo que pase allí, cuides de que no te entren moscas en la boca, ¿vale?
- ¿Y qué hay de ti, Adam? - Saled susurraba ahora aún más bajo, puesto que el viento amainaba y la arena empezaba a volver al suelo - Tú sólo estás aquí porque despiertas la curiosidad del patrón. Pero te tiene muy vigilado, cada vez que pones un pie fuera de este carro tienes mil ojos encima. No se fía de tus intenciones. ¿Qué pasará cuando...?
- Quieres saber mucho - lo interrumpió de nuevo, preparándose para subir la ventanilla -. Eso es algo que trataré con él en el momento adecuado. Después de haber visto lo que tenga que ver.
Saled abrió la boca una vez más, pero no pudo hablar. Adam había vuelto a subir la tabla. Y, además, le había entrado una mosca.
...
Adam ni siquiera pestañeó cuando llegaron al Cañón de la Víbora y cada uno de los puntos de su predicción se cumplieron al pie de la letra. Después de todo por lo que había pasado, de todo lo que había visto, oído, pensado, dicho, hecho y combatido, pocas cosas podían sorprenderlo. Alcanzaron el desfiladero al quinto día de viaje, en el que la situación apenas cambió mientras surcaban el interminable mar de arena. Kunaharan seguía vigilándolo, pasándose de vez en cuando a hablar con él y atacándolo sibilinamente con insinuaciones que nunca acertaban en el punto blando. Saled seguía intentando, con éxito similar, sonsacarle por las buenas, acabando casi siempre con una lapidaria frase del estilo de "No preguntes tanto", "Espera y verás" o "Vete a tomar por culo, intento dormir". Los escavangers, como los demás carreros y acompañantes del patrón, seguían cuchicheando y mirándolo de reojo, unas veces preguntándose por qué demonios se arriesgaban a llevarlo consigo y otras afilando las armas delante de él, asegurándose de hacer un ruido intenso y amenazador. Y Adam, por su parte, pasaba las horas escondido del Sol en el interior del carro, bebiendo un fermentado de dátiles que intentaba pasar por bebida alcohólica y sumiéndose en pensamientos de los que nada ni nadie podían arrancarlo en horas. A veces, Saled lo oía hablar en sueños, moviéndose con inquietud y pronunciando las mismas palabras. "No fue culpa tuya..." Solía beber mucho más las horas posteriores a ese sueño. Y no, tampoco quiso hablarle de ese sueño.
- ¿Me importa a mí lo que tú sueñes? - Había sido la réplica de quien enseguida se había ganado el mote de CA, "Cabronazo Amargado".
Pues no, CA no pestañeó cuando vio a los escavangers reunirse junto a su comandante, el de la capa blanca, llamado Jericho. No se sorprendió al ver que el convoy, en lugar de adentrarse por el cañón, se dispersaba a lo largo de la entrada, de no más de treinta metros de ancho. Simplemente se sentó en una roca, a la sombra de un gran pilar de piedra escarpado por la erosión de años de viento arenoso, viendo cómo Kunaharan planeaba algo junto a Jericho bajo un toldo improvisado, apoyados en una mesa en la que, sin duda, habían extendido un mapa del Cañón de la Víbora. Dio un trago a aquella porquería fermentada, tosiendo y escupiéndole a un escorpión cercano, comprobando cómo los escavangers arqueros subían por las paredes del precipicio, valiéndose de escalas de cuerda y estrechos pasos tallados siglos atrás. Mató una mosca en la nuca y se frotó la áspera cara grisácea -no con la misma mano, claro-, asintiendo para sí mismo al confirmar que estaban haciendo lo que pensaba: los carros formaron una hilera frente a la entrada del barranco, bloqueándola por completo. Los unieron entre sí con cadenas, dejando en primera fila los más grandes, reforzados con gruesas placas de madera y cuero. Pero Adam sabía muy bien que algunos de los carros estaban unidos por cuerdas deshilachadas y fáciles de cortar. Y no porque faltara material, sino porque estaban pensadas para que los enemigos las cortaran. Para que salieran por esos puntos en concreto.
Ahora, se dijo Adam, la mayor parte del grupo se internará en el cañón y se ocultará en algunas de sus estribaciones laterales. Esperarán a que sus presas se hayan acercado lo bastante a la salida y entonces los atacarán por la espalda. Los enemigos, depende de cuántos sean, pueden intentar huir o plantarles cara. Pero si eligen la segunda opción, una lluvia de flechas les caerá desde lo alto. Los arqueros no pueden usar caballos ahí arriba, se moverán despacio y las curvas del cañón les limitarán el rango de alcance, así que huir de ellos será la opción más asequible. Pero sólo podrán hacerlo en la dirección de la barricada. Y allí empezará la verdadera masacre. Sólo me pregunto a quiénes acecháis... pero algo me dice que ya sé la respuesta. De respuestas va la cosa, ni más ni menos. Diría que vais a silenciar una muy ruidosa.
- ¿Y bien, Rasby? - Lo sorprendió de pronto una voz a su espalda - ¿Comprendes ya lo que va a pasar aquí?
- Desde hace varios días, Señor... - Respondió, esperando a que se presentara, pero sin volverse.
- Azayel. Ayazel Asayat - silbó la viperina voz del desconocido, al que Adam no había oído acercarse ni por un segundo -. Asistente del Señor Kunaharan.
Azayel Asayat rodeó la piedra en la que se sentaba y se plantó frente a él, con los brazos cruzados en una posición muy particular. Una que Adam reconoció:
- Vaya, la presencia de un mago me confirma que esto no es un simple viaje de negocios - dijo con sarcasmo, como si aquella emboscada que orquestaban en la entrada del cañón no fuese suficiente prueba -. ¿Sorprendido? - Siguió sin mirarlo a la cara, bebiendo de la petaca - Conozco los métodos de un mago, Señor... o, mejor dicho, Mastari - así se llamaba a los magos de la corte en la mayoría de los reinos del sur - Azayel. Sé que volver las palmas de las manos hacia el suelo permite absorber energía elemental de tipo tierra, perfecta para utilizar en terrenos inestables como este. ¿Acaso vais a amenazarme con hacer que me trague el desierto?
El mastari, a diferencia de su patrón, no se escudaba tras sonrisas lobunas. Lo suyo era una mirada desalmada y una boca de labios finos y apretados, como un áspid que temiera clavarse sus propios colmillos envenenados. El turbante en torno a su cabeza, verde y apretado, no podía parecerse más a una serpiente enrollada. Sus brazos iban al descubierto, adornados con aros dorados y plateados y tatuados con intrincados pictogramas que, si Adam estaba en lo cierto, podían contener hechizos impresos, de tal modo que el usuario reducía su consumo de energía al conjurarlos. Sabía también que grabar hechizos en la piel no era una técnica al alcance de todos. Por lo que había visto, los intentos solían acabar con la piel pudriéndose y desprendiéndose como en el peor de los casos de lepra. Eso si el tatuado no saltaba en pedazos, se hacía cenizas o se convertía en una banqueta. Azayel mantuvo un silencio espeso como el fango, hasta confirmar sus sospechas: a Adam se la traía floja el silencio.
- Intimidarte es imposible, no esperes que pierda el tiempo - negó Azayel sin cambiar su estática cara bronceada -. Sólo quiero saber si vas a ser un problema. Mi patrón, me temo, te subestima. Y los demás... diría que esperan el momento de clavarte una lanza en el pecho. Por lo que a mí respecta, Adam Rasby, eres sólo un oportunista que sabe que su única garantía de seguir aquí es entretener a Don Kunaharan con los misterios que lo rodean.
- Y por lo que a mí respecta, Mastari Azayel, a vos no os preocupa gran cosa la suerte que pueda correr vuestro patrón. Diría que no le tenéis en muy alta estima y que el sentimiento es mutuo. Si no, no tendríais la necesidad de esconderos de él para hablar conmigo.
El mago apretó los dientes, dejando que una perla de sudor le corriera por la frente.
- Hijo de puta, te has dado cuenta - masculló -.
Adam no tuvo que responder. Que un mago absorbiera energía de forma continuada significaba que se preparaba para lanzar un poderoso hechizo. Que siguiera haciéndolo mientras hablaba significaba que no quería que su poder decayera ni por un momento. Porque lo estaba consumiendo ahora mismo y quería reponerlo de inmediato. Lo consumía creando una barrera ilusioria entre él y la carpa de tela en la que Kunaharan y Jericho planeaban el ataque. Adam distinguía un ligero temblor en el aire que distorsionaba la imagen del patrón y el comandante, como si una cortina de vapor caliente emanara de la arena. Pero si los mencionados hubieran mirado en su dirección, desde el otro lado de esa pantalla invisible, sólo lo hubieran visto a él, sentando en la piedra, bebiendo de la petaca y sin ningún mago delante.
- Invisibilidad selectiva. Reconozco que es una ilusión potente - sonrió maliciosamente Adam -. Alguien tan poderoso como vos intranquiliza a sus superiores, ¿no es así? ¿Es ese el problema, Mastari? ¿Te inquieta no ser el único que intranquiliza a tu jefe?
- Que te quede claro, blanquito - murmuró Azayel antes de pasar a su lado y desaparecer -: si veo una sola cosa que no me guste, te desvanecerás para siempre. Quedas avisado.
Adam no reaccionó de ninguna forma. Kunaharan lo estaba mirando en ese momento, diciéndole a Jericho algo que no pudo oír.
Algo le decía que ahí ya había más de un bando antes de la batalla.

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