- Os he escuchado, Majestad - asintió Adam con una paciencia sobrehumana, tomando aire -. No dudo de la valía de vuestros hombres, ni de su compromiso. Pero ninguno de ellos os servirá de nada para esta misión. Recuperar el objeto que ha sido robado no es una tarea al alcance de todos. Dicho de otro modo, Majestad, no lo conseguiréis sin mí. Ahora mismo no hay nadie más en el mundo que pueda pararle si no lo hago yo.
Hielam se revolvió incómodo en su asiento, un sillón de caoba acolchado con cojines de seda bordada. El mobiliario del palacio no defraudaba tampoco en lo que a exteriores se refería. Se encontraban en los jardines traseros, bajo la verde cobertura de una cúpula de madera forrada en hiedras floridas, sentados en torno a una mesa redonda de mármol sobre la que descansaba un cuenco de fruta fresca. A diferencia de los dos reyes, que no habían probado bocado desde el inicio de la reunión, el extranjero de ojos azules se zampó él solo dos bandejas y pidió a una sirvienta que trajera una tercera, sin preguntarle siquiera a su anfitrión. En ese momento aún mordisqueaba el hueso de una manzana, manteniendo una gélida mirada sobre el rey de Salén. Himdel aún no había dejado de resultarle sospechoso, y él lo sabía. Pero muchas cosas habían cambiado desde que le salvara el cuello en el patíbulo. Ahora el rey de Salén le profesaba un respetuoso agradecimiento que se traducía en silencio, sin interrumpirlo ni contrariarlo. Algo muy difícil para un rey, desde luego. El rey de Madena, por su parte, tampoco miraba a Adam por encima del hombro. Se diría que incluso le preocupaba lo inferior que se sentía a su lado, viéndose como un cuarentón rechoncho apoltronado en su sillón mientras el héroe del reino le revelaba lo que estaba en juego:
- Azayel sirvió a vuestro padre durante años sólo para tener acceso a esa arma. Confirmó su existencia, pero no fue capaz de abrir él mismo la cripta que la ocultaba. Creyendo tener la plena confianza del rey, le ofreció activarla y ponerla a su disposición si le ayudaba a dar con alguien que pudiera abrirla. Obviamente el mago no tenía otra intención que robarla en cuanto la tuviera a su alcance, cosa que vuestro padre supo de inmediato. Expulsó a Azayel, que decidió entrar en contacto con Serpes. Y supongo que Serpes fue quien me descubrió y quien, indirectamente, me permitió saber de la Novena Tormenta. Vine aquí pretendiendo desactivarla, pero eso fue justo lo que planearon. Que yo abriera la cripta por ellos.
- Maldito hijo de puta... - Masculló Himdel, torciendo la cara con asco - Y pensar que confié en él durante tanto tiempo... Joder, si le hacía más caso que a mis consejeros. Ahora lo entiendo... Cuando te encontramos en el desierto, Adam, fue Azayel quien me convenció de recogerte. Dijo que había intuido algo interesante en tus pensamientos y que, si convivía contigo el tiempo suficiente, sería capaz de leerte la mente y descubrir qué era. El muy cabrón se aprovechó de mi curiosidad. Seguro que ni siquiera sabe leer la mente.
- Yo no estaría tan seguro, Majestad - dijo Adam muy serio, sin desclavar los fríos ojos de él -. No pongo en duda vuestra ignorancia acerca de todo este tema, pero si es así entonces habéis pecado de excesiva confianza.
- Adam, haz el favor - le llamó la atención Hielam, en vista de que Himdel había enmudecido y parecía estar ahogando a la fuerza las palabras que forcejeaban con sus labios -. Su Majestad acaba de desenmascarar un complot en el que estaba involucrado su propio hijo. No podemos acusarle de no ser precavido. Si acaso, de no acertar con las personas en las que deposita su confianza.
Ahora fue Adam el que contuvo las palabras. Supo que eso se refería a él. Pese a su intervención, el extranjero seguía sin estar libre de sospecha. Había contado todo lo que sabía acerca de la Novena Tormenta. Había revelado más secretos acerca de su verdadera identidad, su verdadero apellido, su verdadero origen y su verdadera misión de los que nunca se había atrevido. Apenas la punta del iceberg, pero demasiado para decirlo en voz alta. Todo ello para evitar que el interrogatorio tuviera lugar en las mazmorras, donde el inquisidor aún ardía en deseos de estrenar sus nuevas tenazas al rojo. Y, con todo, nada de lo que había dicho sonaba demasiado creíble. La sangre que corría por las venas de Adam era ignorada por una gran mayoría, temida por quienes no la consideraban mucho más que un mito y odiada por la selecta minoría que tenía conocimiento de su existencia. No eran nombres que se olvidaran. El Coronarium... los Caballeros Dorados... la Ciudad Nevada... la Batalla de las Once Colinas...
Y la Dama de la Jaula. De esa no había dicho Adam ni una palabra, aunque fuese la que lo explicaba todo. Hacía mucho que no podía siquiera mencionarla.
- Ahora habéis acertado - soltó Adam con aspereza, embistiendo la acusación de frente -. Prueba de ello es que vos no habéis colgado del cuello y ahora Jack Serpes tiene un túnel del pecho a la espalda. Creedme, Majestad, siendo quien soy no me conviene el trato con magos. No sería el primero que tratase de diseccionarme en vida. Ni el último, por supuesto. De hecho, de no haber corrido en vuestra ayuda, podría haber desactivado ese artefacto a tiempo. En cambio, ahora tenemos un fugitivo armado con algo tan peligroso que ni siquiera sus creadores querían que fuera encontrado. Y salir en su búsqueda es una obligación que no admite demora, así que, si nuestra reunión ha terminado...
- ¿Cómo le encontrarás? - Lo interrumpió Himdel, cuyo agradecimiento inicial se iba disolviendo poco a poco con los baños de ácida realidad del extranjero - ¿Sabes acaso a dónde puede haber ido?
- No. Pero sé quién puede saberlo - respondió Adam tras casi un minuto de silencio glacial -.
Ninguno de los dos reyes se molestó en hacer una pregunta que no recibiría respuesta. Ahora, con los dos reinos recién aliados y un enemigo común que ya armaba nuevas legiones en sus campamentos, primaba volver las miradas a la mesa de guerra, a los mapas y estrategias militares que serían su único mundo durante meses o años. Perseguir al mago era una misión para otra clase de hombre, una que no se sentaba en tronos ni empuñaba estandartes. Una que no conocía medallas, nombres ni hogares. La clase de hombre que era Adam Rasby. Se despidió con una vaga reverencia, que ni siquiera habría sido válida para un conde, pero que fue más de lo que Hielam y Himdel esperaban. Mientras se alejaba por el jardín aromático se cruzó con la sirvienta que traía su tercera bandeja de frutas. Sin una sola palabra, se la quitó de las manos y fue comiéndoselas por el camino, dejando a la muchacha con un rostro perplejo y un extraño temblor en la mirada. El de alguien que se hubiera cruzado con un animal salvaje sin haber sido siquiera advertido por él.
...
- No te entiendo, Adam - repitió Saled por enésima vez -.
- Mejor para ti - cortó él, como ya se había convertido en una costumbre -.
Los dos cargaban las provisiones para el viaje en un carro que el rey le había entregado en agradecimiento por su hazaña. Era un vehículo excelente, mucho mejor que los que habían usado para la travesía por Hal-Nabuyah. Al fin y al cabo, este no hacía falta hacerlo pasar por un carro de carga: nadie iba a atacar un carro que lucía la insignia del escorpión negro, el emblema que identificaba a los vehículos ocupados por altos dignatarios y nobles intocables dentro del reino de Madena. Los asaltadores ya sabían que atacar uno de esos carros era como subirse uno mismo al patíbulo. Tirado por cuatro caballos, reforzado con placas de acero y dotado de una avanzada amortiguación basada en una pieza ojival que reducía el traqueteo, conducir aquel ingenio era el sueño de todo cochero. De modo que Saled no cabía en sí de gozo cuando Adam entró en la taberna en la que el muchacho se bebía su sueldo y le dijo que ya tenía un nuevo encargo. El muchacho había admirado secretamente al extranjero desde el primer día y con la intervención del día anterior se había ganado su eterna devoción. Adam le dijo que eran órdenes de arriba, que el Rey Himdel le había elegido a él por haber sido quien lo había encontrado enterrado en la arena. Nunca le diría que él mismo había pedido que su conductor fuera Saled. Al fin y al cabo, ese chico era un pobre inocente y cándido, con mucho que aprender. Y justo por eso supo que no podría confiar más en ningún otro.
- ¿A dónde vamos, Adam? - Preguntaba ansioso el muchacho, subiéndose al pescante y maravillándose con la comodidad del asiento - No iremos solos al desierto, ¿no?
- No, no al desierto - informó, sentándose a su lado y dando otro trago al fermentado de dátiles, al que le había acabado pillando el punto -. Vamos hacia el este, rumbo a la costa. Ya te iré guiando.
- ¿Vamos a tu país de origen?
- Tú te vas a ir a la mierda como no te calles - gruñó, aunque supo que Saled sabía que la amenaza era falsa como un real de madera -. Ya te he dicho que no tienes que saber nada de mi vida. Y, si tienes que hacerlo, lo harás cuando yo crea oportuno. Ahora arranca y vámonos de esta ciudad. No me gusta que la gente me mire y me señale.
- ¡Pero si lo hacen porque eres un héroe! ¡Si no llega a ser por ti, habrían ahorcado al rey de Madena! ¡¿Te imaginas?! ¡Tendríamos una guerra a tres bandos! ¡Eso sí que sería el fin!
Qué sabrás tú de lo que puede ser el fin, pensó Adam para sus adentros, sonriendo con amargura. Cruzaron la puerta de la Alta Ciudad y recorrieron la carretera que bordeaba la colina, rumbo al oeste. Ante ellos se alzaban las Montañas Bermejas, un paraje de secarrales, encinares y ríos parduzcos que fluían desde las crestas rojizas de roca erosionada. A unos días de distancia los esperaba la frontera con el reino de Pania. La siguiente frontera sería la línea de costa. Y a partir de allí, sólo Adam lo sabía.
- Ya sabía yo que tenías un aire de héroe modesto, de los que no quieren que se les admire - reabrió la conversación el incansable carrero -.
- No, lo que pasa es que no soy ningún héroe, Saled, y me molesta que me tomen por uno. La gente espera grandes cosas de los héroes, cosas que no estoy dispuesto a dar.
- Pero salvaste al rey, evitaste una guerra y...
- Tenía mis razones - cortó con brusquedad, aunque a los pocos segundos suspiró y habló de nuevo -. No quería que Salén se viera amenazado por la guerra. Allí vive... cierta persona.
- ¿Quién? - La intriga de Saled subía como la espuma pese a que sabía que no iba a ser satisfecha.
- Alguien que es importante para mí.
No fue culpa tuya...
Adam dio un trago particularmente largo y se reclinó, echando mano de un gran sombrero de paja que había comprado en el mercado. Se tapó la cara con él, aunque el Sol le tostaba el resto del cuerpo. Aun así, no se refugió en la cabina. Por algún motivo le apetecía respirar el aire exterior. La libertad.
- Adam.
- ¿Qué quieres ahora?
- Tuviste la ocasión de suplantar al rey. Podrías haber evitado la guerra y haber ocupado su lugar al mismo tiempo.
- Ya. ¿Y?
- ¿Cómo que "¿Y?"? ¿Acaso no querrías vivir como un rey?
Adam levantó el sombrero un par de centímetros, lo justo para ver el atardecer tiñendo de naranja incandescente las laderas cobrizas de las Montañas Bermejas. Sonrió, de tal modo que nadie más que él podía saber por qué sonreía.
- No. Todo el mundo quiere matar a los reyes.
FIN